La maletica de mi abuela




Mi abuela materna tiene una memoria prodigiosa, especialmente para los hechos que, según dice, le han amargado la vida. Una vez, en una reunión familiar, nos contó que su secreto reside en que tiene una maletica donde guarda todas sus amarguras. Yo no digo nada, abro la maletica y ahí guardo todo, dijo. Yo creo que miente; a juzgar por su capacidad de recordar amarguras de todo tipo y el hecho de que, según ella, perdona, pero no olvida, la maletica debe ser un maletón.

La figura de mi abuela está ligada a los almuerzos familiares de los sábados en su casa. Tomando en cuenta que mi familia está integrada por totes que “estallan” ante cualquier estímulo, cada semana seguro guarda en su maletón una o dos amarguras nuevas, que comparte con sus hijos y nietos para que nosotros, a la vez, podamos guardarlas en nuestro equipaje.

En realidad, los totes de mi familia no estallan, implosionan, y siempre hay una buena excusa para hacerlo: uno dijo algo, este miró feo, otro quitó algo que no debía, preguntó algo con cierto tono. La mayoría de las veces los totes mostramos un amago de explosión para luego implosionar por horas o días, a veces más. Tengo incluso un tío que vive fuera del país, asumo que como resultado de una implosión larga y continua, y una tía de la que desde hace años no se sabe mucho en la familia, ni siquiera si todavía está implosionando o si el proceso ya ha concluido.

Los sábados es fácil notar cuando se ha presentado una implosión antes de mi llegada: la cara más larga de uno(s), los ceños fruncidos de otros y, sobre todo, un silencio espeso como una mermelada. Uno de los totes ha dicho algo imprudente –cualquier cosa, desde el planteamiento de la posición personal frente a la política hasta un comentario sobre la temperatura de la sopa– y otro(s) se ha(n) molestado. La implosión de un tote puede desencadenar implosiones de más. Y como cada uno tiene su maletica a la mano, siempre tiene la posibilidad de hacer uso de viejas amarguras, no tanto para añadirle fuego al asunto, sino para darle más vigor a su implosión solitaria y lograr así sentirse más miserable.

La dinámica de los totes es siempre la misma: búsqueda de excusa para molestarse, implosión y posterior silencio. El silencio es fundamental, pues sin él las dos primeras fases carecen de sentido. Mi abuelita lo sabe, y por eso ha sido una de las mejores promotoras de la dinámica. Pocos administradores saben más de la posología del silencio. Vale aclarar que mi abuela de ahora no es ni la mitad de la que me tocó de niño.

La abuela de los almuerzos de mi niñez era una señora parca que fumaba como una chimenea, preparaba pasteles de carne y pudines con forma de pescado y, para evitar problemas con sus hijas, no se relacionaba mayor cosa con sus nietos. No hacía falta que la abuela me pegara para corregirme: era suficiente con la mirada o el silencio producido por alguna implosión.

La de mi adolescencia era una señora igual de parca que cada vez que me oía algo imprudente miraba feo y decía algo que daba a entender que yo era un mocoso que no sabía lo dura que es la vida. Seguía cocinando, pero para fumar empezó a sentarse en una sillita de madera que había ubicado al fondo de la cocina. Para fumar, decía, y para remoler sus amarguras. Según ella, había empezado a fumar en la cocina porque alguna de mis tías le había dicho que el humo del cigarrillo le hacía daño a los nietos. Y digo “según ella” porque en la familia de totes cada uno oye lo que quiere, así que cada versión puede ser cierta o no –yo he optado por no creer nada que no haya oído por mí mismo.

La de ahora ya ha pasado por un preinfarto y no fuma. Aunque sigue cocinando, cada vez son más los sábados en que mis tías se encargan del almuerzo y mi abuela pasa a probar y decir si le falta sal o qué. Sigue igual de alejada de sus nietos, pero ya la edad –tanto la suya como la nuestra– nos permite cogerla, acariciarle la espalda, besarla –nunca da un beso, apenas medio muestra su cachete– y hacerle chistes que a veces reprime con una mirada de desaprobación o celebra con una sonrisita que intenta borrar de su boca tan rápido como puede. 

Uno creería que a la edad de mi abuela –ya mayorcita– su capacidad de implosionar y administrar el silencio posterior deberían haber mermado, pero se han mantenido intactos y aún hoy en día son la regla a seguir en casa. De igual manera, mantiene intacta su capacidad de recordar, así que tiene muy claras las implosiones que le produjeron tanto una tía en 1985 o don Salvador –mi abuelo– en 1976 como la reacción de uno de los totes la semana pasada.

Yo ya había empezado a llenar, muy juicioso, mi maleta, pero he hecho cuentas y, si llego a la edad de mi abuela, un cuarto entero no sería suficiente para mis amarguras. Por eso he decidido ponerme a escribir este blog. Su función no es más que liberar espacio en mi maletica. Si creyera tener posibilidades de recibir la de mi abuela, no me preocuparía por escribir nada, pero sé que, desde que supieron de su existencia, todos los otros totes de la familia guardan secretamente la esperanza de heredarla.

Nota a la edición del 2020: ¡nunca pensé que fuera a escribir una nota a una reedición de un texto mío! Así fuera de blog a blog... Este texto fue la primera entrada de un blog que tenía en el portal kyenyke, pero ese blog ya no existe. Una prima me pidió hace poco una copia de este texto, así que decidí publicarlo una vez más. A veces me sorprende el destino de lo que uno crea. Cuando me veo con familiares lejanos me mencionan este texto, supongo que en parte por la fascinación que producía mi abuela -y su temperamento. 

Si la memoria no me falla, mi abuela murió en 2016. Nunca leyó el texto. Poco después de publicarlo le dije que si había sabido de él. Me dijo que sí. Le pregunté si lo había leído. Me dijo que  no. Le dije que si quería que se lo leyera. Me dijo que pa qué, que si no la iba a llenar de amargura. Le dije que no creía, pero no quiso saber más del asunto. Es curioso que la primera entrada de este blog, El demonio de las mañanas, hable también de la rabia -quizás una variante más brusca de la amargura.        



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