Las mayúsculas y el poder

 



La entrada sobre mayúsculas del Diccionario panhispánico de dudas de la RAE tiene, mal contadas, 70 especificaciones para conocer mejor cuándo y cómo usarlas. Si bien hay algunas que reconocemos desde pequeños -como las de los nombres propios-, el uso de otras está mediado por una buena cantidad de grises que, al menos en mi caso, hace que deba consultarlo una y otra vez.   

Por ejemplo, la RAE establece que solo la primera palabra de los títulos de cualquier obra de creación (libros, películas, cuadros, etc.) debe ir en mayúscula, las demás palabras, "salvo que se trate de nombres propios, deben escribirse en minúscula". Por otra parte, en el caso de nombres propios de vías y espacios urbanos, solo el nombre propio va con mayúscula y los nombre comunes genéricos que lo acompañan, en minúscula; así, es -o deberían ser- "la plaza de Bolívar", "la avenida Jiménez" y "el túnel de La Línea". Hay más, claro; en el caso de nombres oficiales de premios, distinciones, certámenes y grandes acontecimientos, todas las palabras van en mayúscula: el "Premio cervantes", la "Feria Internacional del Libro de Guadalajara" y la "Cruz de Boyacá". En cambio, si nos referimos al objeto material o a la persona que los ha recibido, van en minúscula: "Tom Hanks tiene un óscar" y "El nobel de literatura colombiano nació en Aracataca".       

Sin embargo, la mayoría de nosotros las usamos de manera intuitiva, con base en cómo lo hemos visto en textos de toda índole. Si uno busca ser cuidadoso al escribir, pero desconoce lo que propone la RAE, por lo general las usa como muestra de respeto a una persona o institución. En estos casos, su uso -o no- hablan de nuestra relación con el poder, con lo que asumimos que tiene poder y a lo que debemos pleitesía -la presencia de una mayúscula pone distancia entre la palabra que la lleva y las demás. 

Yo tengo tan interiorizada esa relación que, incluso después de leer las reglas, al escribir ciertas palabras en minúscula a veces me siento omitiendo la genuflexión que se espera frente a algo o, sobre todo, a alguien. Por ejemplo al mencionar cargos y ocupaciones, que, salvo contadas excepciones, deben ir en minúscula. Por lo general no se presentan dudas frente al panadero, el comunicador y el economista, pero frente al doctor, al abogado y al ingeniero las dudas pueden aparecer de manera más acuciosa. Ni qué decir de cuando se trata de presidente o ministro.   

En ese sentido, el texto puede ser, a veces, ese extraño espacio en el que, por un momento, aunque no importe a nadie y quizás nadie salvo el corrector de estilo se dé cuenta, existe la ilusión democrática de que, de manera indistinta, el carpintero y el presidente están en el mismo nivel. Como si todos, en un par de líneas, fueran obligados a tomar el mismo bus de servicio público para ir al trabajo.  

Más extraño puede resultar todavía cuando el abogado o el ingeniero o el doctor no es cualquiera, sino el autor o dueño del texto que uno trabaja y tiene apellido y uno debe explicar por qué su cargo, que ha visto toda la vida escrito en mayúscula, resulta que va en minúscula, mandar incluso el enlace para que el doctor sepa que no es de voluntarioso o provocador que uno aboga por la minúscula, sino porque eso es lo que propone la Real Academia. Ahora, a veces el abogado o ingeniero refunfuña, pero acepta. Es más estéril el esfuerzo por intentar convencer a la asistente, secretaria o ingeniero junior que todos los días le hablan al abogado o ingeniero o presidente de turno haciendo hincapié en una suerte de mayúscula oral.  

La buena noticia es que en realidad no hay que conocer las setenta y piola especificaciones relacionadas con el uso de mayúsculas para que un texto lleno de ellas se considere una pequeña obra maestra o, al menos, para que no nos ponga en aprietos frente al poder.   

La mejor manera de desentenderse de las mayúsculas es llenando nuestros textos de ellas de manera indiscriminada. Estamos tan acostumbrados a relacionar su uso con la idea de respeto que por lo general es más fácil dejarlas que justificar su ausencia. Puede que el dueño del texto pregunte la razón de haber dejado determinadas palabras en minúscula, pero uno puede estar tranquilo de que nadie va a reclamar una mayúscula de más. Sería rechazar un masajito gratuito al ego. 


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