El demonio de las mañanas
Hace poco un amigo me regaló el Bhagavad Gita, uno de los tres textos básicos del hinduismo y de autoría desconocida. La edición que tengo –en papel periódico, con comentarios de Swami B. A. Paramadvaiti y Atulananda Acharya– es de las que reparten los krishnas en los buses y se consigue en cualquier librería de textos de Nueva Era. Según explican en el prólogo, el cuerpo del texto se mantiene igual en todas las versiones, la diferencia entre ellas radica en los comentarios que lo acompañan. Swami B. A. Paramadvaiti y Atulananda Acharya parecen del ala radical.
En las primeras páginas se plantea la situación: Arjuna, un guerrero, está por entrar a pelear en una batalla y duda, porque el ejército contrario está conformado por personas que no solo son amigos y familiares suyos, también son nobles y valientes guerreros. Entonces se le aparece Krishna y le dice que debe entrar en la batalla. El resto del libro consiste en el diálogo que sostienen y en el cual Krishna le explica a Arjuna las bases del hinduismo.
La explicación sobre qué estamos haciendo acá y cómo podemos redimirnos para escapar del ciclo de la reencarnación es tan distinto del imaginario católico que sentí que mis estructuras, al menos gráficas y espirituales, se estiraron. El “estiramiento” no consistió en el remplazo de una cosmogonía por otra, en creer que la opción del hinduismo sea más válida que la del catolicismo, sino en repensar varios aspectos sobre cómo veo las cosas. Fue como cuando uno ve una película tan distinta a lo visto anteriormente que lo pone a repensar sobre la manera de contar una historia, el manejo de la cámara, incluso sobre la idea del cine.
Como ilustrador, me di cuenta de que, aunque no soy católico, su influencia es evidente. Mi referente cultural, como para muchos que crecimos en una cultura de mayoría católica, es el catolicismo. La lectura del libro me hizo evocar imágenes que quizás nunca habría vislumbrado de otra manera.
Pero en un plano “espiritual” –y la palabra, de tan maniada, es riesgosa de usar– también me movió cosas. El texto ofrece, como muchos textos religiosos, unas reglas para vivir y una promesa de redención. Con el fin de romper la cadena de la reencarnación, dice, hay que superar la codicia, la lujuria y la ira. Mi obstáculo mayor, creo, es superar la ira. Es lo que más me estorba a mí y a otros, es lo que me domina con mayor frecuencia.
Mi ira esconde un deseo de control que no es satisfecho. A veces se manifiesta como tristeza. Es una manera de manifestar el desconcierto que me produce que los otros, yo o la vida en general no sean como yo quisiera que fuera.
Hasta hace unos meses, el momento del día de mayor desconcierto era al despertarme. El demonio de la ira se me colgaba y empezaba a susurrar las tareas pendientes de mi trabajo como corrector de estilo. A veces lograba recordar dónde estaba –en mi cama– y entender que no podía hacer nada por resolverlas: ya vendría la corrección de estilo y sus asuntos pendientes en tres o cuatro horas. Sucedía con frecuencia que luego podía conciliar el sueño por treinta o cuarenta y cinco minutos más.
Otras veces el demonio me susurraba las cosas que yo asumía como pendientes, más angustiantes que las de la corrección: escribir o dibujar. En una novela había estado bloqueado desde hacía un par de años y de otra apenas tenía un par de ideas sueltas, personajes posibles y el escenario en el que se desarrollaban los hechos.
El demonio me decía que estaba viejo. Que era perezoso. Que perdía ocho horas o más en textos ajenos en lugar de pasarlas en los míos. Me hablaba de dinero o de la falta de dinero. Me convencía de lo miserable de mi vida.
Cuando por fin me despertaba, por poco más de dos horas estaba especialmente seco y huraño con todo lo que se atravesara: mi esposa, compañeros de trabajo, amigos, mis papás. A eso de las nueve de la mañana, cuando ya había podido entender que la situación era la que era, sin importar lo que yo deseara, intentaba desandar el camino recorrido por el demonio: llamaba a la gente con la que había hablado antes, limaba asperezas que yo mismo había creado, le mandaba cariños a mi esposa por whatsapp.
Ahora el demonio de la rabia aparece menos y lo hace a horas distintas. No es que me levante feliz todos los días, pero ya no me despierto con el demonio colgado con tanta frecuencia. Y aun cuando aparece, cuando me dice que el mundo es un lugar horrible, que estoy viejo o que no he hecho nada de lo que me he propuesto, a veces logro centrarme en lo que tengo al frente en ese momento y no en lo que querría que fuera.
Han sido varios los cambios en el último año. Entre otras cosas, leí un libro llamado La vida tal como es (Enseñanzas sobre Zen), de Charlotte Joko Beck. Recuerdo la primera vez que lo vi, hace dos o tres años, en el Éxito de la carrera 13 con 53. Me había fijado en la portada, la fotografía de una figura de madera en lo que, supuse, era una posición de meditación. Hacía parte del anaquel de libros de autosuperación (en la edición que tengo aparece “crecimiento personal”) y me acuerdo de haberme reído del título: “Pero qué imbécil, ¿cómo me va a decir alguien cómo es la vida?”, asumiendo que el libro me iba a dar un sistema de creencias, la Respuesta, la Salida, algo que me ayudara a vivir más tranquilo. No lo compré, a pesar de que me llamaba la atención más de lo que yo mismo estaba dispuesto a aceptar.
No habría pensado más en el libro si no hubiera sido porque un día en casa de una amiga, siempre con libros llamativos, lo vi de nuevo. Mi amiga, asumiendo que lo vería con malos ojos, trató de disculparse: aunque era un libro de autoayuda, había encontrado cosas llamativas. Se sorprendió cuando se lo pedí, feliz de que se atravesara de nuevo en mi camino.
Contrario a lo que había imaginado, el libro no solo no da una respuesta, sino que plantea que no hay manera de encontrarla. De hecho, de nada serviría. El título en español, cuando dice “la vida tal como es”, quiere decir algo así como “esto es lo que hay”. Me recordó que la vida no le pregunta a uno nada y, contrario a lo que muchos creemos, no nos debe nada.
Tal como hacen los cristianos con la Biblia, a veces me llevo el libro y lo leo de camino al trabajo en el transporte urbano. Sobre todo en los días que me despierto con el demonio atravesado, cuando he dormido poco y me espera un día ajetreado. Como si se tratara de un vademécum, abro una página al azar y asumo que el libro va a decirme algo clave para ese día. Lo he visto ya tantas veces que he leído hasta los créditos, donde pude saber que “La vida tal como es” es una traducción bastante vaga del título original, mucho más acorde a su contenido: Nada especial. Viviendo el Zen (Nothing Special. Living Zen).
No sé si lidiar mejor con la rabia me alivie de reencarnar una vez más, eso me tiene sin cuidado. Lo que sí me interesa es hacer las cosas más fáciles en esta vida. Para mí. Y para los otros.

Porque la vida es como es, no tiene inicio ni fin. La vida es un camino y cada día es más hermoso cuando entendemos que cada persona, cada lugar y cada experiencia es una bella coincidencia.
ResponderEliminarV.