El tardígrado y otros animales de poder

Hace poco, un amigo me encargó un
dibujo del grupo de amigos más cercanos del colegio –seis hombres. Mi amigo
había sacado la idea de una foto de hombres asiáticos en trajes tradicionales,
dos sentados y dos parados, que no miraban a la cámara, sino a punto indistinto.
Pensé, no en tradiciones asiáticas, sino en algo más de mi interés, y muy
acorde con el tema: una tribu. Hay que decir que este es un grupo que asocio,
en especial, con la adolescencia, que, más que ninguna, es la edad tribal, cuando
ritos de iniciación de toda índole comienzan a ser más frecuentes.
¿Qué estaría haciendo la tribu en este
dibujo? Eso no tuve que pensarlo mucho: estaría cazando. Quizás no haya escena
más cliché de la idea de lo masculino que la actividad de la caza –a excepción
de la guerra.
Busqué imágenes de tribus en internet.
Apareció una foto de cuatro indígenas jóvenes que cargan una danta muerta en
una vara de madera. Es una danta grande, lo cual hizo que sintiera una suerte
de admiración por estos hombres que se han puesto de acuerdo para cazar tal
animal.
Intenté imaginar cómo nos
organizaríamos nosotros para cazar… Y no creo, al menos no el grupo que éramos
en la adolescencia, que habríamos cazado un animal de ese tamaño. Habríamos
cazado, más bien, un roedor intermedio, una lapa. Aun así, alardearíamos de la
lapa como si se tratara de una danta, bailaríamos alrededor de una fogata donde
la pondríamos a cocinar, mientras recordaríamos aspectos, nunca menores, de la
cacería.
Desistí de la idea de remplazar la
danta por un animal de menor tamaño; no quería algún amigo molesto por plantear
una escena que, de acuerdo con el universo masculino, equivaldría a reducir la
longitud del pene de cada uno. Por otra parte, pensé, la mayoría de este tipo
de escenas cliché siempre están mediadas por algo en lo que buena parte de los
hombres somos expertos: alardear, o, en nuestro universo, prometer una longitud
de pene que no tenemos.
Como no quería dibujar retratos –el
retrato no es, en absoluto, mi especialidad–, sin decir para qué, le pedí a
cada uno que me dijera un animal con el que se identificara, un animal de poder
de su elección. Había pensando que los animales del dibujo serían todos
selváticos. El primer amigo manifestó que él era un zorro (ok, pensé, algo
podría buscar); yo dije que un jaguar; el tercero, que un zorro, por lo cual el
primero renegó y dijo que no se podía repetir, ante lo cual este tercero dijo
que entonces un jaguar, a menos que yo tuviera problema; el cuarto, y ahí fue
donde se despelotó todo, dijo que, sin dudar, era un rottweiler; el quinto, ¡un
dragón!, y el último, pero no por ello menos sorprendente, un tartígrado.
Lo emocionante es que me tocó buscar
zorros –no me acordaba de haberlos visto con detenimiento–; confirmar las
facciones y forma de la cabeza de un jaguar; buscar imágenes de rottweilers
–nunca había dibujado uno–; buscar dragones y leer a ver si existen en el
imaginario amazónico –no, según lo que investigué– y encontrar información
sobre animales de los que nunca había oído hablar: los tartígrados. Algunas características: quien los descubrió, en 1773, los llamaba
ositos de agua (kleine Wasser-Bären)
por su manera de moverse, parecida a la de un oso; algunos pueden sobrevivir a
temperaturas de -200 °C y, otros, hasta de 150 °C;
varias de sus especies pueden durar hasta treinta años sin consumir agua o alimentos
y se han encontrado en lugares tan disímiles como el monte Everest o el fondo
del océano.
Creo que los animales representan de
una manera u otra rasgos de la personalidad de mis amigos (aunque, bueno, quien
les habla es un jaguar), pero, más aun, creo que la mezcla de animales también
habla del tipo de grupo que somos. Dibujé entonces un jaguar que, junto, a uno
de los zorros, lleva una danta –y no una lapa– muerta amarrada a una vara; el
rottweiler camina al lado, con la lengua afuera; el tartígrado, claramente
fuera de su hábitat y de tamaño mucho mayor que el real, va después. El otro
zorro (no iba a dejar que repitieran mi jaguar, las pelotas) mira, vigilante,
que nadie los siga. A un lado de estos animales en fila india se arrasta un
dragón.
Pensé por un momento si no era mucha licencia el
tamaño del tartígrado (los reales miden hasta 0,5 mm) o haber creado el primer
dragón amazónico. Pero, luego, me dije que, igual, nunca había visto un jaguar
y dos zorros unidos para cazar una danta. Pensé, también, que esta es la tribu
con la que he crecido. Y me dio alegría.
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