Entradas

Las mayúsculas y el poder

Imagen
  La entrada sobre mayúsculas del Diccionario panhispánico de dudas de la RAE tiene, mal contadas, 70 especificaciones para conocer mejor cuándo y cómo usarlas. Si bien hay algunas que reconocemos desde pequeños -como las de los nombres propios-, el uso de otras está mediado por una buena cantidad de grises que, al menos en mi caso, hace que deba consultarlo una y otra vez.    Por ejemplo, la RAE establece que solo la primera palabra de los títulos de cualquier obra de creación (libros, películas, cuadros, etc.) debe ir en mayúscula, las demás palabras, "salvo que se trate de nombres propios, deben escribirse en minúscula". Por otra parte, en el caso de nombres propios de vías y espacios urbanos, solo el nombre propio va con mayúscula y los nombre comunes genéricos que lo acompañan, en minúscula; así, es -o deberían ser- "la plaza de Bolívar", "la avenida Jiménez" y "el túnel de La Línea". Hay más, claro; en el caso de nombres oficiales de premi...

La maletica de mi abuela

Imagen
Mi abuela materna tiene una memoria prodigiosa, especialmente para los hechos que, según dice, le han amargado la vida. Una vez, en una reunión familiar, nos contó que su secreto reside en que tiene una maletica donde guarda todas sus amarguras. Yo no digo nada, abro la maletica y ahí guardo todo , dijo. Yo creo que miente; a juzgar por su capacidad de recordar amarguras de todo tipo y el hecho de que, según ella, perdona, pero no olvida , la maletica debe ser un maletón. La figura de mi abuela está ligada a los almuerzos familiares de los sábados en su casa. Tomando en cuenta que mi familia está integrada por totes que “estallan” ante cualquier estímulo, cada semana seguro guarda en su maletón una o dos amarguras nuevas, que comparte con sus hijos y nietos para que nosotros, a la vez, podamos guardarlas en nuestro equipaje. En realidad, los totes de mi familia no estallan, implosionan, y siempre hay una buena excusa para hacerlo: uno dijo algo, este miró feo, otro quitó...

El Tapetico

Imagen
Desde hace ocho años me acompañaba un brusco tapetico de material grueso. Su diseño, una hilera de 20 cuadros de largo por una hilera de 16 de alto, ocupaba un área no mayor a 50 por 70 cm. Era, pues, un tapete de esos que se ponen a la entrada de una casa y que por lo general tienen mensajes de bienvenida y colores apastelados. Este, sin embargo, se componía de cuadros malformes de tonos marcadamente terracota: vinotinto, café y marrón que se combinaban con una gama un poco ajena, negro, gris y crema que, sin embargo, al ser de presencia menor, combinaba sin mayores sobresaltos. A sus lados, el tapete terminaba en cuerdas medianamente gruesas. El tapetico era afgano y cada vez que lo veía me llevaba a su lugar y tiempo de compra: Flower Street , Kabul, en 2010. Fue uno de los cuantos souvenirs que me traje, entre especias, un sapo de resina y un budita de piedra. En esa época –no sé si como ahora– los occidentales no podíamos caminar por la calle porque, de manera automática,...

Aretes y loncheras

Imagen
--> La idea de ponernos aretes en las orejas, a los doce años, surgió de un amigo de mi cuadra. Un día llegó con un par de hielos en la mano y una aguja incrustada en la oreja. A los demás nos pareció la gran cosa. Al menos un amigo más y yo decidimos ahí mismo que también lo haríamos. Con el correr de las horas, el amigo entusiasta dijo que en la casa no lo habían dejado. Yo, aunque estaba firme, quizás bajo presión del que ya tenía una aguja en su oreja, no me imaginaba usar aguja y hielo. Una amiga apuntaló que había otras soluciones, como las pistolas de presión que se podían encontrar en puestos de joyas en el centro comercial más cercano, Cosmocentro. Así pues, fui a uno de ellos y, en cuestión de segundos, salí de allí con… una pequeña bola dorada en el lóbulo de mi oreja izquierda. Yo había pensado en un topito –ese arete que se incrusta al lóbulo y no cuelga– y no en esa bola dorada que era más de señora, mucho más femenina de lo que estaba dispuesto a l...

El monje y la granadilla (II)

Imagen
La visión de Rembrandt El segundo día estuvimos caminando por el centro de Bogotá. Cada tanto, Quint me atropellaba con su cuerpo. Pensé que, por lo grande que era, simplemente iba por el mundo sin importar mucho lo que tuviera al frente o al lado. Era un torpe y ya. Luego supe un poco más; me contó que no tenía profundidad de visión. Según sus propias palabras, interpretaba información visual a través de un solo ojo, con exclusión del otro. Si trataba de ver con ambos ojos al tiempo, veía dos imágenes superpuestas y poco a poco convergentes, pero no una imagen completa. Un ejercicio para entender mejor esta condición es intentar servir agua de una jarra a un vaso, sin tocarlo, con un ojo cerrado. Aunque es posible hacerlo, tiene un grado de dificultad mayor que si se hace con ambos ojos abiertos. Esta condición, sin embargo, puede ser una ventaja a la hora de dibujar, pues no hay que hacer el paso de una visión tridimensional (lo que uno tiene al frente) a una...

El monje y la granadilla (I)

Imagen
En mayo de 2014, por tres o cuatro días fui guía de Quint Buchholz , un ilustrador alemán que había sido invitado al Congreso Internacional de Ilustración Fig. En el equipo del congreso había suficientes personas que hablaban inglés, pero estaban escasos de personal que hablara alemán. Aunque mi alemán no era el más eficiente (me gradué del colegio en 1996), justo en ese entonces asistía a clases para retomarlo, así que juzgué que era una oportunidad perfecta para poner a prueba mis avances. Nunca había oído hablar de Quint ni había visto ningún libro suyo, así que busqué en internet para darme una idea de él y de sus libros. Las imágenes eran de trazos bien definidos y tenían la tensión sostenida de los sueños, pobladas por elementos sorpresivos en lugares inesperados. Su paleta de colores era de tonos pasteles, sosegados.   Su cara, según vi, parecía la de cualquier alemán que, como uno supone, se toma muy en serio a sí mismo. Imaginé que tendría que lidia...