El monje y la granadilla (II)
La
visión de Rembrandt
El segundo día estuvimos caminando por el
centro de Bogotá. Cada tanto, Quint me atropellaba con su cuerpo. Pensé que,
por lo grande que era, simplemente iba por el mundo sin importar mucho lo que
tuviera al frente o al lado. Era un torpe y ya.
Luego supe un poco más; me contó que no
tenía profundidad de visión. Según sus propias palabras, interpretaba
información visual a través de un solo ojo, con exclusión del otro. Si trataba
de ver con ambos ojos al tiempo, veía dos imágenes superpuestas y poco a poco
convergentes, pero no una imagen completa. Un ejercicio para entender mejor
esta condición es intentar servir agua de una jarra a un vaso, sin tocarlo, con
un ojo cerrado. Aunque es posible hacerlo, tiene un grado de dificultad mayor
que si se hace con ambos ojos abiertos.
Esta condición, sin embargo, puede ser
una ventaja a la hora de dibujar, pues no hay que hacer el paso de una visión
tridimensional (lo que uno tiene al frente) a una bidimensional (el dibujo). Con
cierto orgullo, Quint decía que, de acuerdo con un estudio de la doctora
Margaret Livingstone, publicado en el New
English Journal of Medicine, Rembrandt, Picasso y Frank Stella, entre
otros, sufrían de la misma condición.
Yo, por mi parte, me sentí bastante tonto
con mi juicio a priori sobre su aparente descuido al caminar.
Otras
velocidades
Quint, al saber que yo era ilustrador, me
dijo que le mostrara mis dibujos. Le propuse que al día siguiente fuéramos a
Paloquemao para que viera y probara frutas y luego, si quería, fuéramos a mi
casa a almorzar. Quint se sorprendió. En general, entre los alemanes esa idea
de invitar a alguien a su casa es algo que se concibe después de mucho tiempo
de conocerse y después de varios días de planeación.
El
silencio entre dos tormentas
De las charlas en la feria del libro y
Casa tomada y la visita al Goethe, la actividad más llamativa para mí fue la de
Casa tomada. El congreso había contratado a una traductora simultánea, así que
pude sentarme en un rincón y ver cómo los asistentes hacían preguntas de todo
tipo.
Varias personas comentaban con admiración
que la técnica Quint se parecía a la del puntillismo. A Quint, la comparación
no le gustaba. Lo que uno puede notar, si mira con detenimiento, es que sus
ilustraciones están formadas por capas y capas de pinceladas que van formando
poco a poco un nuevo color.
En realidad, la técnica es un asunto
menor cuando uno piensa en la temática. “Tiene mucho que ver con la luz y la
atmósfera. Mi pintura es así porque busca crear una atmósfera particular.
Cuando funcionan, mis imágenes son historias abiertas sin principio ni fin y
necesitan un observador que tenga la necesidad de continuar la historia como si
fuera la suya. Alguien que puede moverse a través de los espacios de la imagen
a su manera”, dijo Quint en 2009.
Difícil no remitirse a cuestiones zen,
que lo llevan a uno a pensar en el presente como fugaz punto de equilibrio.
“Una de las definiciones que más me han gustado sobre mi obra la dijo un
crítico alguna vez”, me contó, “y es que mis ilustraciones son el silencio
entre dos tormentas”.
Libros
En Casa tomada estaban promocionando dos
libros de Quint, En el país de los libros
y El coleccionista de momentos, de
los cuales compré una copia para que me los firmara. Quint, por su parte, había
traído para su charla un libro suyo, Quint’s
tierleben (La fauna de Quint). También había traído una novela gráfica
llamada Der Geschmack von Chlor (El
sabor del cloro), de Bastien Vivés, lleno de imágenes limpias. Supe de ella
porque Quint la sacó de su maleta después de que hablamos sobre nuestra
relación con las piscinas: ambos, cuando vamos a una, podemos durar horas
enteras flotando, apenas moviéndonos, como caimanes.
Veinte
dólares
El congreso había dispuesto que, después
de la charla, Quint fuera a un restaurante donde estarían otros ilustradores
para cenar todos juntos. No recuerdo por qué Quint asumió que mi comida también
estaría paga, creo que la cuestión no era muy clara. El caso es que me dijo que
fuera. Yo me uní, contento de poder hablar más tiempo. A la hora de pagar la
factura, mi comida no estaba incluida. Aunque había supuesto que sería así, no
le presté mucha atención. Pagué y listo. Quint me miró con cierta pena.
La
pregunta
Cuando fuimos a Paloquemao le mostré a
Quint una buena cantidad de frutas y verduras, compré otras tantas y le di a
probar jugos de lulo y guanábana. Entre otras, compré granadillas, que pensaba
darle como postre después de almuerzo.
Pero el almuerzo, una pasta con champiñones
y alguna ensalada, fue suficiente para que a Quint no le cupiera nada más, ni siquiera
una granadilla. Tomamos café entonces y le mostré mis ilustraciones. Ya le
había hablado de mis deseos de ir a estudiar a Alemania –creo que para ese
entonces no había pasado en dos universidades alemanas–, de que escribía y de mi
proyecto de una banda de rock.
Quint miró algunas de las obras. Me
recomendó ver trabajos de Andreas Paul Weber y de Odilon Redon y, para un
cuadro en especial, me recomendó hacer uso de modelos para tener más claro el
manejo de la luz. No dijo mucho más. Después, sin embargo, me hizo una pregunta
que me ha quedado sonando desde entonces: “¿Pero, para usted, la ilustración es
lo que quiere hacer o es una cosa más que quiere hacer?”
El
alemán con alma asiática
A medida que pasó el tiempo me di cuenta
de que la seriedad del rostro de Quint era aparente. Con frecuencia, esta se
rompía por sonrisas. Más aun, cuando sonreía entrecerraba los ojos de tal
manera que no era solo su boca la que lo hacía, sino su cara entera. Cuando yo
veía esta reacción pensaba en ese tipo de monjes zen que, de manera
estereotípica, sonríen con una especie de burla inofensiva, una sonrisa dulce
que soltaba incluso para reírse de sí mismo.
Mi idea de que Quint era en realidad un
alma asiática en un cuerpo alemán –y cuando hablo de asiática en realidad me
refiero a budista– la he refrendado con algo que Quint dijo en 2010 y que leí
para este texto: “Durante los últimos años me he propuesto terminar una imagen
una vez que la he empezado, por muchas dudas que despierte en mí en el camino a
la finalización. Todavía tengo dudas y, a pesar de ellas, trato de aprender a
tener una confianza inquebrantable en la imagen.
Por lo general es justo al final del
proceso que mis imágenes se enfocan. Logran solidez y tranquilidad. Los colores
encuentran la armonía correcta. En los últimos días de trabajo en la imagen, a
menudo comienza a brillar como si alguien encendiera la luz muy lentamente.
La pintura se ralentiza en esos últimos
días. A menudo me siento frente a mi caballete, solo mirando [...] Al pintar,
no solo debes descubrir lo que tú mismo sabes y quieres hacer, también debes tener
fe en lo que la imagen misma quiere hacer”. Las similitudes entre el
pensamiento budista y esta declaración recaen en la idea de que no tiene
sentido intentar tener control sobre el resultado de una pieza en la que uno
trabaje; a veces, la mente es el obstáculo entre la acción que uno lleva a cabo
y la obra como tal.
Al decirle esto a Quint, la idea de que
parecía un alma asiática dentro del cuerpo de un alemán, sonrió y me dijo, “Es
curioso que lo menciones, en una exposición que hice en Japón hace un tiempo
alguien allá me dijo que parecía japonés”.
Las
huellas de Santa
Una de las anécdotas que más me gustan de
Quint sucedió una navidad hace muchos años. La historia, creo, va así: Quint
vivía en una casa con jardín con su esposa y sus tres hijos, que esperaban
regalos de Santa Claus. Quint les había dicho que Santa tiraría la bolsa con
regalos desde su carruaje.
Había planeado dejar la bolsa frente a la
puerta de la casa. Solo había un problema: había nevado. La idea de la bolsa
siendo tirada desde el carruaje volador no sería creíble si los niños veían huellas
en la nieve. Para evitar que el hechizo se rompiera, Quint amarró la bolsa a
una cuerda que estaba sujeta a un árbol cercano, llevó la bolsa hasta la
puerta, limpió sus huellas, luego levantó la bolsa desde el árbol para dejarla
caer luego y sorprender a los niños. Lo logró.
Palabras
alemanas
Aunque hablamos poco en alemán, sí
hablamos del idioma como tal. La parte que más me gusta es el uso de palabras
compuestas que atrapan ciertas imágenes. La palabra que más recuerdo de esa
época de nuevo acercamiento al alemán es Tintenfisch,
“calamar”. La traducción literal es, sin embargo, “pez de tinta”. ¿Y qué es un
calamar si no un pez de tinta?
El apellido de Quint, “Buchholz”, por otra
parte, si se tradujera de manera literal, extrañamente, sería “madera de
libro”.
Regalos
que no esperas: volver a Bob Dylan
Hace muchos años oí hasta el cansancio algunos
de los primeros álbumes de Bob Dylan (Bob
Dylan, The Freewheelin’ Bob Dylan,
The Times They Are a-Changing, Bringing it All Back Home, Highway 61 Revisited) y un álbum de
grandes éxitos. Pensé que no volvería a oírlo, pero la emoción con la que
hablaba Quint de Dylan hizo que volviera a hacerlo. Para Quint, la obra del
Dylan ya mayor era mucho más interesante que los primeros álbumes. ¿Su canción
recomendada? “Not Dark Yet”. ¿La canción que descubrí en este nuevo
acercamiento y que aún me encanta? “You’re a big girl now”, del Blood on the Tracks.
Dos
jefes
Wolf Erlbruch es un ilustrador alemán que
me ha gustado mucho desde que conocí El
topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, un libro
que ilustró. Le pregunté a Quint si lo conocía. Me dijo que no personalmente,
pero que cuando Erlbruch se ganó un premio por un libro suyo, Quint le mandó una
postal felicitándolo. Erlbruch le mandó como respuesta una postal que mostraba
un dibujo suyo de dos jefes indios fumando pipas. “Me pareció un fino detalle”,
me contó con una sonrisa en su cara.
Regalos
Aunque el congreso había dispuesto de una
camioneta para llevar a Quint al aeropuerto, les dije a los organizadores y a
Quint que yo lo haría. Le dije a mi esposa que me acompañara.
Quint no solo firmó En el país de los libros y El
coleccionista de momentos, también me regaló la copia de Quint’s Tierleben y el Der Geschmack von Chlor que había traído.
En uno de los libros dejó 20 dólares y una nota en la que decía que no le había
parecido justo que tuviera que pagar por la cena después de su charla en Casa
tomada, así que proponía pagar la mitad del monto que había costado mi comida.
Me dejó una copia de una breve
autobiografía y reseñas sobre su obra y, más importante aun, una copia de un
compendio de sus citas favoritas que llevaba con él “por si acaso”. Entre esas:
“Un juego con problemas serios. Eso es el arte” (Kurt Schwitters); “Haga las
cosas tan fáciles como sea posible, pero no más fáciles” (Albert Einstein);
“Relájese: nada está bajo control” (una frase en un sobre de trufas
Booja-Booja).
El
monje y la granadilla
Poco antes de subirse al avión, fuimos a
desayunar algo. Le di entonces una granadilla, sin decirle cómo debía
enfrentarse a ella. Ya había visto cómo la hija de una amiga se había
enfrentado por primera vez a un pan, cómo lo había inspeccionado y probado.
Ahora quería ver cómo se enfrentaba por primera vez un ser humano a una
granadilla; había supuesto que la primera vez que uno tiene una al frente, esta
debía parecer un elemento bastante extraño. Quint la abrió con las manos y con
una cuchara sacó pepas y se las metió en la boca. A diferencia de lo que yo esperaba,
no dijo mayor cosa.
Nota
Poco después de que Quint se fuera, hace
cuatro años ya, escribí dos párrafos de un texto que estaba pensado para varias
páginas. Durante estos cuatro años he estado pensando en escenas, información,
algún comentario que recordara. Solo hasta ahora he organizado medianamente
esos recuerdos.
Debajo de los párrafos que escribí había
una nota: “Regla número 18 del dalai lama: comparte lo que sabes, estás
extendiendo tu inmortalidad”. Aunque no sé por qué la anoté, creo que Quint la mencionó.

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