El monje y la granadilla (I)
En mayo de 2014, por tres o cuatro días fui
guía de Quint Buchholz, un ilustrador alemán que había sido invitado al Congreso
Internacional de Ilustración Fig. En el equipo del congreso había suficientes
personas que hablaban inglés, pero estaban escasos de personal que hablara
alemán. Aunque mi alemán no era el más eficiente (me gradué del colegio en 1996),
justo en ese entonces asistía a clases para retomarlo, así que juzgué que era
una oportunidad perfecta para poner a prueba mis avances.
Nunca había oído hablar de Quint ni había
visto ningún libro suyo, así que busqué en internet para darme una idea de él y
de sus libros. Las imágenes eran de trazos bien definidos y tenían la tensión
sostenida de los sueños, pobladas por elementos sorpresivos en lugares
inesperados. Su paleta de colores era de tonos pasteles, sosegados.
Su cara, según vi, parecía la de
cualquier alemán que, como uno supone, se toma muy en serio a sí mismo. Imaginé
que tendría que lidiar con la psicorigidez europea que se pone a prueba en el
trópico y que, más temprano que tarde, suelta arrogantes comentarios sobre el
desconcierto que le produce las maneras de este lado del mundo y el hecho de
que no podamos hacer las cosas “como deben ser”.
El día que nos encontramos, en el lobby
del Hotel Tequendama, me di cuenta de que era un hombre más bien alto, sin duda
mucho más alto que el estándar colombiano. Era, también, de cuerpo grande. A
diferencia de la foto que había visto en internet, el hombre del lobby llevaba
gafas.
Al revisar su agenda, me dijo que tenía tres
compromisos en los días venideros: una charla en la feria del libro, una charla
en la librería Casa Tomada e ir al Instituto Goethe a saludar –el instituto
había facilitado su viaje. El resto del tiempo era suyo y estaba abierto a lo
que le propusiera. Le dije que fuéramos al Museo del Oro y a caminar por el
centro. Le dije que en algún momento debíamos ir a la plaza de mercado de
Paloquemao para que probara las frutas. Para mí, como visitante uno puede dejar
de hacer cualquier cosa en esta ciudad –cuya oferta, a comparación de otras
capitales suramericanas, es más bien poco impactante–, salvo dejar de visitar el
Museo del Oro.
Empezamos, pues, caminando hacia allí. Aunque
comenzamos hablando en alemán, al saber que ambos hablábamos inglés sin
problema, nos pasamos a este idioma, usando solo de cuando en cuando frases o párrafos
en su idioma nativo.
Ya no recuerdo si durante el camino, o
después de haber salido del museo, un carro pasó por un charco y nos salpicó. Quint
procedió a secarse un poco y, sorprendido y un poco molesto, dijo: “En
Alemania, ese conductor habría tenido que pagarme el servicio de lavandería”.
Quint miró con curiosidad las piezas del
museo, pero no recuerdo que pareciera especialmente impactado. Como estaba con
el efecto del jetlag, me dijo que nos sentáramos en una banca junto a un
ventanal desde el cual se podía ver el Parque Santander.
No sé si por las piezas funerarias, por
las cosmogonías indígenas o por el desconcierto de la desaparición de un
familiar mío hacía poco, terminamos hablando sobre la muerte. No recuerdo qué
tan afectado me vi en ese momento, el caso es que Quint, de la nada, y en un
acto que no asociaría muy fácilmente con los alemanes, me contó de un sobrino
suyo cuya muerte había afectado mucho a su hermana hacía unos años. Recuerdo también
que me habló de un poema que le había dado a su hermana. Después de la
conversación me sentí mejor.
Después del museo, Quint me dijo que se
sentía cansado y que prefería irse al hotel para pasar el jetlag y estar en
mejores condiciones para la tarde siguiente, cuando debía dar la charla en Casa
Tomada. Quedamos de vernos a las ocho.
Cuando llegué al día siguiente Quint ya
me esperaba en el lobby del hotel. Me dijo, “Me quedé pensando en nuestra
conversación ayer” y luego me pasó una hoja. En su puño y letra, curiosamente
parecida a la de mi papá, Quint había escrito el poema del que me había hablado:
Do not stand at my grave and weep
I am not there. I do not sleep.
I am a thousand winds that blow.
I am the diamons glints on snow.
I am the sunlight in ripened grain.
I am the gentle autumn rain.
When you awaken in the morning’s hush
I am the Swift uplifting rush
Of quiet birds in circled flight.
I am the soft stars that shine at night.
Do not
stand at my grave and cry;
I am not there. I did not die.
[No te pares a mi tumba a llorar
No estoy ahí. No duermo.
Soy mil vientos que soplan.
Soy los destellos del diamante en la nieve.
Soy la luz del sol en el grano maduro.
Soy la suave lluvia del otoño.
Cuando despiertas en el silencio de la
mañana
soy el impulso del ligero despegue
de silenciosos pájaros volando en círculos.
Soy las suaves estrellas que brillan en
la noche.
No te pares a mi tumba a llorar;
no estoy ahí. No morí].
El poema, “Do Not Stand at my Grave and Weep”, fue escrito por Mary Elizabeth Frye en 1932. Al recibirlo, tuve que
llevar mis manos a los ojos para evitar que se me notara que se me habían
aguado. Todavía conservo la hoja pegada frente a mi escritorio de
trabajo.
No fue la única sorpresa de esos días. En
esta semana escribiré sobre ellos, sobre Quint, un alemán con alma asiática, y
de su encuentro con la granadilla.

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