El Tapetico
Desde hace ocho años me acompañaba un brusco tapetico de material grueso. Su diseño, una hilera de 20 cuadros de largo por una hilera de 16 de alto, ocupaba un área no mayor a 50 por 70 cm. Era, pues, un tapete de esos que se ponen a la entrada de una casa y que por lo general tienen mensajes de bienvenida y colores apastelados. Este, sin embargo, se componía de cuadros malformes de tonos marcadamente terracota: vinotinto, café y marrón que se combinaban con una gama un poco ajena, negro, gris y crema que, sin embargo, al ser de presencia menor, combinaba sin mayores sobresaltos. A sus lados, el tapete terminaba en cuerdas medianamente gruesas.
El tapetico era afgano y cada vez que lo veía me llevaba a su lugar y tiempo de compra: Flower Street, Kabul, en 2010. Fue uno de los cuantos souvenirs que me traje, entre especias, un sapo de resina y un budita de piedra. En esa época –no sé si como ahora– los occidentales no podíamos caminar por la calle porque, de manera automática, éramos blanco militar. O, bueno, esas eran las políticas de la organización con la que trabajaba, que había asignado a su personal una casa protegida por alambres de púas y por muchachos armados del ejército afgano a los que cada tanto cambiaban porque eran descubiertos durmiendo en sus turnos de centinela.
Uno de mis compañeros de trabajo, Richard, me había recomendado llevarme una alfombra, una de las cosas más bonitas que, según decía, se podían encontrar en Afganistán. Él mismo había comprado varias alfombras que ya se había llevado en sus viajes de permiso a su casa en Inglaterra. El mejor lugar para comprar ese tipo de cosas era, según sus palabras y sin duda, Flower Street, cuyo nombre, si mal no recuerdo, tenía relación con asentamientos de hippies occidentales que alguna vez tuvieron lugar en Kabul. Ya iríamos, prometió, cuando me quedaran pocos días para irme del país.
Cuando llegó el día nos montamos tal como debíamos hacer para cualquier viaje fuera de casa: en un carro blindado manejado por un empleado afgano con un soldado, un muchacho, con su AK-47 terciado en el asiento de copiloto, mientras Richard y yo nos sentábamos en el puesto de atrás. Al llegar, nos bajamos Richard, yo y el soldado, que caminaba dos metros detrás, siempre con el fusil terciado. Flower Street era, literalmente, una calle. Ese día la mayoría de sus locales de artesanías estaban cerrados.
Entramos a un local pequeño, poco más grande que una habitación, donde sobre las paredes colgaban alfombras, con varios arrumes que ocupaban buena parte del lugar. En mi recuerdo, era una suerte de caverna que olía a pelo de animal –¿cordero?– con capas y capas de alfombras rodeando un espacio en el centro donde, naturalmente, había una alfombra extendida. Un hombre viejo nos recibió e invitó a admirar sus mejores productos. Ya Richard me había advertido del ritual de los vendedores que, sin importar lo que uno dijera, daría lugar en unos momentos, como efectivamente ocurrió: el hombre nos invitó a sentarnos en la alfombra, aceptar una taza de té en tazas de cobre y, con ayuda de un muchacho, empezó a desplegar alfombras que venían de todos los recovecos de la cueva. Las alfombras competían entre sí en cuanto cantidad de colores, complejidad de diseños y placer que producían al tacto.
A pesar de la advertencia de Richard, me sentí un poco mal con el despliegue de interés de este hombre, sin que yo nunca hubiera tenido en mis planes comprar nada muy sofisticado. Igual, me dije, era algo que iba a pasar sí o sí. Después de la muestra del producto y del té, vendría un momento de regateo. Señalé algunas de las alfombras desplegadas sobre las paredes y pregunté precios, que superaban los miles de dólares –claramente por encima de mi presupuesto. No importaba, dijo el hombre, de los arrumes podía mostrarme varias que solo costaban cientos. Agradecí su sensibilidad comercial y, antes de poder decir nada, el muchacho empezó a mostrarme algunas. Richard había estado mirando el celular y, al verme un poco abrumado, solo se sonreía cada tanto. Aunque no dejaban de ser muy bonitas, mi amor por las alfombras, casi nulo, debía medirse en precios más bajos. Después de media hora, dos tazas de té y varios uaaaaus y uooooos a modo de sincera admiración, empecé a mirar con más seriedad alrededor. Al lado de la puerta de entrada había un montículo de tapeticos más modestos. A diez dólares cada uno. Compré dos, de los cuales uno de esos era el que me acompañaba. El ritual de regateo no tuvo lugar –yo no me atreví y asumo que el vendedor lo consideró una pérdida de tiempo. Al pagar, el hombre agradeció la compra con un asentimiento de cabeza.
El tapetico estuvo a la entrada de varios de los lugares donde viví después en Bogotá. Y aunque alguna vez había sido motivo de una buena historia, poco a poco había empezado a importar menos. Igual, siempre fue funcional. Cuando me casé también pasó a ser el tapete de entrada de la casa, muy a pesar de mi esposa, que, sin saber su origen, varias veces había propuesto que lo botáramos, aunque había desistido de la idea después de un ligero gruñido mío como gesto de desaprobación. Sin saber la historia, mi esposa asumía que era un regalo ñoco que alguien me había dado y que yo, por alguna razón, no me atrevía a botar, a pesar de ser cada vez menos importante y de haberse llenado de mugre.
Hace dos meses, un poco antes de que comenzara la cuarentena, estuvo cerca del lavadero, en ese limbo sin tiempo donde se arruman las cosas que están a nada de ser parte de la bolsa de reciclaje o de ser regaladas a alguien más. Mi amor por el tapetico, y por su historia, había muerto. De hecho, en el fondo nunca había sido un amor real. Con esa característica de la mayoría de los souvenirs baratos, había sido suficiente para colmar mi “necesidad” de tener algo emblemático de Afganistán –¡cómo ir a Afganistán y no traerse un tapete!–, pero no era algo bonito por sí mismo. El tapete lleno de mugre también había empezado a simbolizar algo extraño que no me gustaba: era el equivalente a haber ido de cacería y haber vuelto no con la cabeza del alce o del elefante o del tigre, sino con la cabeza de un agutí o una lapa para exponer en la sala y contar la historia de cuando estaba solo en medio de la noche, el agutí y yo y el silencio que precede el duelo en el que solo uno de dos saldría vivo…
Sin embargo, un día de estos de cuarentena en que estábamos en limpieza general de la casa, y cuando estaba por meterlo en la bolsa del reciclaje, recordé la historia de su compra y pensé que en todos los años que llevaba conmigo lo habría lavado una vez quizás. Así que aproveché que debía lavar la ducha y, desnudo, empecé a echarle cepillo al tapete y a ver cómo un agua de tonos carmelitas y el mugre empezaban a salir y a irse por el sifón.
Mientras se secaba pude admirar los colores que el mugre y pelos de gato habían escondido y que yo ya había olvidado. Esta vez lo puse a la entrada del cuarto que uso para escribir y dibujar y corregir textos. Mientras trabajo a veces me volteó y admiro sus colores. No será la cabeza del jaguar ni del alce, pero me recuerda un tiempo en el que jugué a irme de cacería. Cada tanto el gato lo usa para afilar sus uñas y para jugar con pitillos y pelotas de aluminio que esconde debajo. ¡Con qué felicidad lo hace! Y qué felicidad me da a mí verlos –tanto al tapete como al gato.

Que buena historia... Y superior la narración.
ResponderEliminarDisfruté la historia , logró recrearla en mi imaginación.
ResponderEliminar¡Me encantó este cuento! ¡Gracias por compartirlo Manu!
ResponderEliminarMe encantó,aveces no vemos la misma belleza que porta en nuestro ser lo vivido
EliminarMe gusta la historia, la manera como está escrita, y la imagen tuya echándole cepillo al tapete en la ducha (¡si fuera tu esposa lo habría impedido, para eso está el lavadero!). Muchos saludos desde #ElChatdelAmor.
ResponderEliminarQue talento para narrar, ya quiero ir a Afganistán, comprar un tapete y tener un gato.
ResponderEliminar