Aretes y loncheras







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La idea de ponernos aretes en las orejas, a los doce años, surgió de un amigo de mi cuadra. Un día llegó con un par de hielos en la mano y una aguja incrustada en la oreja. A los demás nos pareció la gran cosa. Al menos un amigo más y yo decidimos ahí mismo que también lo haríamos. Con el correr de las horas, el amigo entusiasta dijo que en la casa no lo habían dejado. Yo, aunque estaba firme, quizás bajo presión del que ya tenía una aguja en su oreja, no me imaginaba usar aguja y hielo. Una amiga apuntaló que había otras soluciones, como las pistolas de presión que se podían encontrar en puestos de joyas en el centro comercial más cercano, Cosmocentro. Así pues, fui a uno de ellos y, en cuestión de segundos, salí de allí con… una pequeña bola dorada en el lóbulo de mi oreja izquierda. Yo había pensado en un topito –ese arete que se incrusta al lóbulo y no cuelga– y no en esa bola dorada que era más de señora, mucho más femenina de lo que estaba dispuesto a llevar en mi oreja. Una candonga, por lo demás, se daba como una opción descontada. Para mi tranquilidad, debía dejarme la bola solo un par de días, mientras se afianzaba el hueco que acababa de hacerme. Luego podría ponerme el topito.

El hecho de que el arete fuera en la izquierda era muy importante. En ese entonces, la Cali de los noventas, existía el código –no sé de dónde– de que quien llevaba arete en la izquierda era heterosexual y el que lo llevaba en la derecha, homosexual. También existía en ese entonces la idea de que quien llevaba un arete podía ser simplemente gay, con todas las connotaciones que ello podía implicar para un niño de doce años que no se había imaginado –o, al menos, no hasta donde yo recuerde– la homosexualidad como algo propio.

Con el pasar de los días me di cuenta de que no había medido las consecuencias de ponerme ese arete –aunque es posible que si hubiera sabido lo que me traería me lo habría puesto igual. Uno puede intuir el placer interno que podía sentir, como, creo, pueden guardar en su interior la mayoría de los actos conscientes por salirnos de las normas con las que crecemos.

Es extraño pensar que un arete en una oreja produjera tantos comentarios que iban desde la franca curiosidad hasta burlas o cuestionamientos, abiertos o velados, de mi sexualidad. Y que amigos, papás, mamás, profesores y cualquiera al que se le diera la gana pareciera sentir la autoridad para opinar sobre una oreja que no era la suya. No ayudaba el hecho de que mi cara era todavía la de un niño y de que quizás fuera el único del colegio que tuviera arete y llevara lonchera al colegio –una lonchera con una calcomanía de la película The Black Hole, de Disney, de 1979.  

La primera muestra de lo que vendría surgió del amigo que tuvo la idea. Al día siguiente dijo que no se pondría nada: su papá no lo había dejado. Su argumento para prohibirlo había sencillo, aplanador y, en los siguientes años, algo que habría de oír de manera recurrente: quien se deja abrir el hueco en la oreja se deja abrir el hueco del culo –y, piensa uno ahora, como si dejarse abrir el hueco del culo significara acaso algo distinto a sentir placer o emoción al hacerlo.

Mis mamás habían reaccionado de manera distinta frente a la idea del arete. Según entiendo, a mi mamá le angustiaba el hecho de habérmelo puesto tan pequeño y el hecho de que, poco tiempo después, terminé peleando a puños con compañeros de clase y de voleibol –¡yo, que nunca había peleado antes!. Incluso me sugirió quitármelo. Mi papá, por su parte, reaccionó como lo ha hecho con frecuencia frente a muchas decisiones que he tomado: con una mezcla de curiosidad y condescendencia. Esa vez soltó un comentario que, recuerdo, me molestó: “¿no has pensado en ponerte una pluma de avestruz en el rabo?”            

No gané ninguna de las peleas a puños y terminé con ojos morados, pero fueron suficientes para que mis compañeros al menos dudaran a la hora de hacer comentarios de más. Quizás me habría quitado el arete después de poco tiempo, pero pasó algo que, creo, me hizo cambiar de idea.   
En ese entonces, como contaba, jugaba voleibol. De hecho, a los doce años era de los mejores del equipo categoría mini del colegio. A veces, cuando teníamos partidos de campeonatos intercolegiados, algunos papás y mamás iban a vernos jugar.

Un día tuvimos un partido en las canchas de la liga vallecaucana de voleibol. Esa vez, mi papá había ido a vernos jugar. Poco antes de empezar el partido, mientras hacíamos ejercicios de calentamiento en la cancha, el árbitro, un hombre más bien pequeño, regordete y con un bigotico pulcramente cortado, me llamó aparte. Según recuerdo, me preguntó: “Y usted, ¿es niño o niña?”. Le pregunté a qué se refería. “No, pues como lo veo con ese arete en la oreja”, me aclaró. Molesto, le respondí lo primero que que se me ocurrió: “¿Y usted es hombre o marica?”, ante lo cual me preguntó a qué me refería. “No, pues, como lo veo con ese bigotico…”. El hombre no dijo más. Luego volví a la cancha a seguir calentando.

Entonces mi papá, que se encontraba en las graderías, me llamó y me preguntó para qué me había llamado el árbitro. Le conté lo sucedido. No dijo nada y yo seguí calentando. Unos minutos después vi que entró a la cancha y fue a hablar con el árbitro. No sé qué le dijo, solo recuerdo a mi papá con el ceño fruncido hablando y manoteando y al árbitro apenas intentando balbucear palabras. Luego salió. Antes del partido, el entrenador de nuestro equipo me dijo que el árbitro había pedido que, por seguridad, me quitara el arete. Así lo hice.

Duré uno o dos años más con el arete. No recuerdo por qué dejé de usarlo, pero fue decisión propia. A los dieciséis, sin embargo, me puse candongas en ambos lados y  me dejé crecer el pelo. Ya no llevaba lonchera al colegio.           


Comentarios

  1. Las personas por lo general estamos llenos prejuicios y listos para juzgar lo que es diferente... Triste realidad pero hay vamos aprendiendo... Jajaja a vivir y dejar vivir a los demás con libertad.

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