La muerte viene a mordiscos


Teléfonos de mis conocidos muertos 
A veces, cuando pongo las primeras letras para buscar el teléfono de alguien, el celular me arroja nombres de gente cercana que ya ha muerto: un amigo, la mamá de un amigo, algún familiar. Me gusta que la aparición inesperada haga que, por unos momentos, recuerde sus caras, un gesto, algún paseo que hicimos juntos. Quizás sea una manera inconsciente de honrarlos.
--> Cuando encuentro el teléfono que buscaba en un principio, hago la llamada. Algunas veces (en mis horas insomnio, en un bus) recuerdo la aparición súbita y me pregunto cuándo volverá a suceder lo mismo para pasar unos segundos con mis conocidos muertos. No he borrado los teléfonos de la gente que ya no está. Pienso que, con mi manía de no contestar llamadas de números desconocidos, qué tal que alguno llame y yo decida no contestarle.
El saco del hombre sin un plan B
El 3 de mayo facebook me recordó que era el cumpleaños de Juanpa, un compañero de universidad. El problema, si se le puede considerar tal, es que Juanpa lleva dos años muerto.
Unos meses antes de morir organizamos una comida en nuestra casa. Juanpa dejó un saco gris que, cada tanto, aparece en mi guardaropa. Seguro no fue su propósito dejarlo. Tampoco ha sido mi propósito conservarlo.     
Juanpa no era un amigo muy cercano. Era, más bien, amigo de amigas cercanas. Sin embargo, sobre todo en los últimos años, compartimos fiestas, porros y paseos. Era tímido, curioso y con datos sobre música, libros y películas porno (una de sus áreas de interés), así que uno por lo general pasaba un buen rato cuando charlaba con él. Yo siempre me alegraba cuando lo veía.
Por alguna razón, era el compañero de universidad al que más me encontraba en la calle. Algunas veces nos topábamos cara a cara, otras, lo veía desde un bus. Incluso ahora creo verlo y me toca recordar que no, que ese hombre regordete y semicalvo que estoy viendo no puede ser él.      
Como varios de los que lo rodeábamos en las fiestas, tenía un trabajo que no le producía mayores satisfacciones, pero, a diferencia de nosotros, no tenía un plan B; no había un libro sobre vírgenes, una novela, una editorial, un grupo de rock o un documental sobre cóndores en curso o en mente, cualquier proyecto que, uno asumiría, fuera tan emocionante como para decidir pagar el precio de ir todos los días a un trabajo aburrido. Tampoco tenía hijos y todavía vivía con sus papás. Por lo general, no tenía novia y creo que no se sentía especialmente cómodo con la soledad. Juanpa solo estaba.
Esta aparente falta de propósito me causaba cierta angustia. Era como si fuera un extra de su propia vida. Esta visión, claro está, estaba viciada por lo que yo mismo asumo que debe ser la vida. El budismo, por ejemplo, no habla de propósitos, habla de vivir la vida y ya. Quizás Juanpa, aun sin ser consciente, haya sabido eso. Quizás fuera un alma más vieja, vaya uno a saber.
Una de las cosas que disfrutaba de Juanpa era lo abierto que era para hablar de experiencias donde había drogas o prostitutas involucradas. Hablaba de eso solo si uno le preguntaba; a diferencia de algunos de nosotros, no alardeaba de ellas. Tampoco veía en ellas viajes de iniciación ni potencial material para un plan B. Valga decir que, como no éramos tan cercanos, lo que yo oía era, quizás, apenas un rasguño de lo que había pasado.

Con base en estas experiencias, a veces pensaba que Juanpa sería uno de esos personajes de muerte sórdida, un viejo verde que muere en un prostíbulo en medio de un viaje sideral. En cambio, tuvo una muerte más bien sencilla: murió de un infarto mientras caminaba por una calle de Palermo. Según supe, llevaba un tiempo ennoviado y le había bajado al consumo de porro. De hecho, la noche que murió justo había salido del apartamento de su novia. Me gusta pensar que se fue más tranquilo de lo que lo vi en muchos años. Quizás se fue cuando llegó adonde debía haber llegado. Quizás murió en medio de un satori. 

Mi abuela el calistemo
Las relaciones con nuestros vivos a veces cambian una vez han muerto. El lugar común es que no hay muerto malo. Una de mis tías dice que cada tanto habla con mi abuela muerta. No sé de qué hablan, pero, conociendo a la abuela que conocí, espero que mi tía logre sacarle más palabras de las que pronunciaba cuando estaba viva. Que sus respuestas sean menos monosilábicas, sus palabras más dulces.
Mi mamá, que vive en Cali, cuando viene a Bogotá a veces visita la tumba de mi abuela en el cementerio. ¿De qué hablarán?, me pregunto. Y luego, pensando en la dinámica cuando mi abuela estaba viva, pregunto de nuevo, ¿Hablarán? Y si lo hacen, ¿serán menos monosilábicas, serán más dulces sus palabras?

Sobre las cenizas de mi abuela crece un calistemo, una de las posibilidades que daba el cementerio para su tumba. Yo habría escogido un siete cueros: le habría hecho honor a la aparente dureza de mi abuela. Quizás visitaría su tumba en el cementerio si pudiera decir: voy a visitar al siete cueros. Pero, cuando propuse esta especie, a la familia no le gustó la idea.


Una ciudad de por medio
Mis abuelos se separaron cuando ya estaban viejos, en la década del 80. Si uno le preguntaba a mi abuela por mi abuelo se expandía en reclamos contra “ese señor”. La mayoría de mis tíos no quería a mi abuelo. Según reza la historia familiar, murió solo en un cuarto, veinte años después de separarse de mi abuela. A diferencia de mi abuela, que fue enterrada en un cementerio del norte, mi abuelo fue enterrado en un cementerio del sur de la ciudad. Cuando mi mamá viene a Bogotá, va con una tía y visitan a mi abuela y a mi abuelo.
Mis abuelos tendrán una ciudad de por medio para la eternidad. Si los enterraban cerca seguro se levantaban cada noche a pelarse los dientes.   

La muerte viene a mordiscos
La muerte viene a mordiscos. O, como dice un amigo, juega a la lleva. Le pega la lleva a un amigo, a una conocida, a una mascota. Luego viene un día, quizás hoy mismo, y, sin protocolo alguno, le pega el mordisco a uno. Es como si con cada muerte empezara a cerrarse el cerco alrededor de uno.
Hace un año murió la mamá de uno de mis mejores amigos. Con ella la muerte mordió algo de mi niñez: la primera vez que fui a comer pizza al Intercontinental (en Cali), el apartamento donde vivía mi amigo, con un cuarto que era una suerte de buhardilla, su voz tranquila y determinada. La mamá de otro amigo, con un acierto a medio camino entre el humor y el temor, solo dijo: “la pelona que comienza a desgranar la mazorca”. 

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