El cliché del caleño salsero
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De los clichés que más lo persiguen a uno como caleño está
la idea de que si uno es de Cali sabe bailar salsa –y bien. No es, claro, ni de
lejos, el peor. Todavía recuerdo una vez que una amiga rola de la universidad me
dijo que había hablado de mí en un almuerzo con su familia. Al decir que era
caleño hubo cierta sorpresa entre sus papás y hermanos, así que tuvo que
aclarar que, igual, yo era “bien” –ante lo cual uno no sabe si reírse o
molestarse.
La gente tiene esa idea de que a todos los que crecimos o
nacimos en Cali nos bailaron desde el vientre (esto es, que nuestras mamás
bailaban o cantaban salsa cuando estaban embarazadas). También creen algunos que
pasábamos oyendo y bailando salsa y nos reuníamos y aún nos reunimos en el
parque panamericano los viernes para vernos todos, porque, claro, todos en Cali
nos conocemos –¿les ha pasado como caleños que uno menciona que es de Cali y
alguien dice que conoce a alguien de allí, suelta un nombre y espera que uno
sepa de manera automática quién es?
Es fácil caer en el cliché del caleño bailarín de salsa. Desde
hace décadas, Cali se ha venido promocionando como la capital mundial de la
salsa y como uno de los dos únicos lugares donde se baila como se debe –el otro
lugar es Nueva York. A esto contribuyen algunas condiciones que, por lo
general, se asocian con un ambiente salsero: es la ciudad con el mayor
porcentaje (26,2%) de población negra en Colombia y la segunda en Latinoamérica
–después de Sao Paulo; es suficientemente caliente como para que no den ganas
de hacer nada entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde; está a dos
horas del mar, por una carretera que sube y baja la cordillera. Hay, sin duda,
mucha más población negra en sus calles que en Bogotá y, como se puede intuir,
la influencia cultural predominante es la de la costa Pacífica.
Mi relación con la salsa, sin embargo, ha sido otra. Vengo
de una familia del altiplano cundiboyacense. Mis papás son poco amigos de las
rumbas y si alguno baila es porque tiene un par de tragos de más encima. Para
complicar las cosas, su baile se manifiesta en saltitos andinos, no en pasos
salseros. Aunque en mi familia la música siempre ha sido importante, la predominancia
ha sido del rock. Así, entre los álbumes de mi papá había dos de Richie Ray y
Bobbie Cruz, quizás una compilación de éxitos, un 14 cañonazos que tenía
Nuestro sueño (del Grupo Niche) y un casete con un par de canciones
(junto con otras de Joan Manuel Serrat y de The Moody Blues). Pero hasta ahí.
En mi niñez, quienes bailaban salsa eran un par de vecinas
que, en novenas y fiestas decembrinas, si bailaban conmigo era porque no había
con quién más. De manera paciente me explicaban y me mostraban, pero nada.
Quizás también hubiera una cuestión racial y, aún más importante, socioeconómica.
Si bien no había las categorizaciones sobre la salsa como en las décadas del
sesenta y el setenta (considerada música de negros, mariguaneros, malandros y
prostitutas), sí había algo de eso. Decir que en el barrio donde viví mi niñez
y adolescencia había cuatro amigos negros y que en el colegio donde estudié
había solo dos (ninguno en mi curso) podría ser suficiente explicación para
algunos. En realidad, no es tan sencillo.
A los doce años, cuando el baile empezó a ser una de las
actividades para acercarse a peladitas (muy tarde para los estándares caleños),
la salsa no estaba dentro de los géneros bien vistos en mi grupo de amigos. Para
hablar de mi relación con la salsa a esa edad, debo hablar sobre dos de mis
mejores amigos de esa época: Carlos Daniel y el gorgojo.
Carlos Daniel fue uno de mis mejores amigos de niñez. Tenía
gafas, era uno de los mejores estudiantes de la clase y entre sus obsesiones
estaban los mapas –¿alguna imagen más estereotípica de lo que es un nerdo? A
los doce, sin embargo, se descuadernó. Su entrada a la adolescencia fue tan
brusca como pudo: dejó de usar gafas para empezar con lentes de contacto y pasó
de ser una referencia de desempeño académico a llevar nuestros límites de
indisciplina a niveles antes insospechados. Son muchas las historias que podría
referir, pero dejémoslo en una: una estudiante del mismo grado tenía una agenda
donde los otros estudiantes, si queríamos, podíamos pintar algo en la página
que correspondía al día de nuestro cumpleaños. Carlos Daniel pidió la agenda y
decidió pintar un pene –una polla, como decíamos en ese entonces. Digamos que
hasta ahí no habría pasado de una broma pesada. Pero, para los pelos púbicos de
aquella polla dibujada, Carlos Daniel, siempre creativo, decidió cortarse
algunos y pegarlos.
No era, en absoluto, una personalidad llevadera y era muy fácil
caer en las dinámicas de bullying que promovía. Aún hoy, algunos de mis amigos
recuerdan nuestra dinámica en esa época como de las más crueles. Vivía en un unidad
residencial en el costado norte de la 56 con Pasoancho, en un barrio que
limitaba con el Primero de mayo –para nosotros, niños “bien”, un barrio con el
que no nos queríamos ver asociados. Cada vez que podía, Carlos Daniel hacía la
aclaración de que NO vivía en el Primero de mayo.
Era un gran bailarín de salsa y, creo, fue el primero que me
habló con emoción de canciones y grupos de finales de los ochenta y comienzos
de los noventa, cuando ya la salsa había dejado de centrarse en el bailador
para enfocarse en el cantante: “El perfume de París” (La misma gente), “La noche más linda del mundo” (Adalberto Santiago), “Si supieras” (Los Niches) y cualquiera
de Cielo de tambores (ese muy muy
buen álbum del grupo Niche). Sin embargo, la salsa era, según sus estándares (y
por tanto, los nuestros), música de “guabalosos” (el término despectivo
asociado a los habitantes de El Guabal, otro barrio con el que tampoco
queríamos ser asociados).
El gorgojo llegó a nuestro curso en quinto de primaria. Había
perdido año y, como sucedía con la mayoría de los repitentes de grados
superiores, lo asignaron a nuestro curso. Era el único con una greña paisa y
era franco en su gusto por la salsa, suficiente para ser blanco de Carlos
Daniel. Vivía a unas cuadras de la unidad donde vivía este último, más al sur, en
Bosques del limonar. Por su manera de moverse en la pista, dudo que al gorgojo
lo hubieran bailado en el vientre, pero para su mamá sí era importante el
baile. De hecho, era la única mamá que yo había visto bailar salsa y la única
que para el cumpleaños de su hijo alquilaba una miniteka cuya especialidad era
una máquina que dos o tres veces en la noche echaba humo con olor a chicle.
Así pues, mi grupo de amigos, sin escuela alguna de baile y
sin ánimo de ser señalados de guabalosos, se especializó en bailar merengue.
Bailábamos salsa, sí, era imposible no hacerlo en Cali, pero siempre con
incomodidad. A algunas amigas les pedí que me enseñaran y fueron varias las
tardes que invertí en el asunto, con resultados más bien pobres.
Solo hasta los dieciséis años, cuando empecé a leer a
Andrés Caicedo, me interesé por saber más y por aprender a bailarla. La
relación del propio Caicedo con este género musical es ambivalente. Sus
personajes, aunque amantes de la salsa, no tienen una relación de pleno amor con
ella. Es, si se quiere, un elemento que se atisba apenas de un mundo que ejerce
atracción sobre sus personajes. Algunos, atormentados, ven en la salsa un medio
(más) de desenfreno, desclasamiento y decadencia –un coctel suficientemente
poderoso para muchos adolescentes. Aun así, esta curiosidad estaba mediada por
un interés más intelectual, existencial si se quiere.
Solo hasta los 18 años, cuando presté servicio militar,
tuve que aprender a bailar salsa en serio. No fue una búsqueda, fue una suerte
de obligación. La novia de uno de mis compañeros vivía en una unidad
residencial de Colseguros, el conjunto de unidades sobre la Pasoancho, casi
llegando al punto de intersección con la autopista. En la misma unidad vivían
varias peladas más, así que cada vez que podíamos nos escapábamos para ir a
visitarlas y los fines de semana organizábamos fiestas en un quiosco que hacía
las veces de salón social. Ahí no había cabida para el merengue. Así que sí o
sí, había que bailar salsa. Afortunadamente, conté con profesoras muy pacientes
que se divertían y me enseñaban a corregir mis tumbos. A la que recuerdo mejor
es a una llamada Carolina, quizás porque me gustaba, pero también estaban
Lorena, Paola, Martha y varias más cuyo nombre no recuerdo ya.
Unos años después viví en Nueva York y la salsa,
como muchas otras cosas asociadas a los latinos, se convirtió en un referente de
quién era yo. Se convirtió también en una suerte de moneda social. Ahora
disfruto mucho oír y bailar salsa. Bailo mejor de lo que mis amigas de
adolescencia concederían (sin que sean, ellas tampoco, estrellas de la pista) y
peor de lo que mi esposa sugiere. Mis pies se mueven, pero, como dice una
amiga, “el pechito nada”. Si voy a bailar me encanta que sea en Cali, donde la
gente sonríe mientras baila porque, quizás como yo, no se cree lo rico que
puede llegar a sentirse el golpe de la percusión o del bajo en el cuerpo. No
sobra decir, sin embargo, que aun con toda la emoción que ello me produce, y aun
cuando reconozco la salsa como algo que siento como parte mía, pocas cosas me
parecen más deprimentes que pensar que, como lo dijo alguna vez Bilardo (con
más cariño que nada), “Cali es solo salsa y fútbol”.

Ay me gocé este blog. No paré de reir. Pero aún no recuerdo al gorgojo y a Carlos Daniel. 🤔
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