El ácaro dragón y los sueños de la selva




Ya no recuerdo si fue buscando fuentes para dibujar cómics que llegué al ácaro dragón. Me impactó tanto el animal en sí, como la historia de su descubrimiento, que, en 2015, en una charla que di en Casa tomada, hablé de él. Hasta hace muy poco pensé que había escrito alguna entrada de blog sobre el tema, pero, revisando mis archivos, me di cuenta de que no, de que había hablado del animal en la charla (¡de la que, por descuido, grabé solo veinte de noventa minutos!), pero que no había legalizado el tema con algo escrito. La charla se llamaba tal como este artículo. En esa ocasión, sin embargo, me detuve menos en algunos aspectos que aquí profundizo y hablé de otros temas que merecerían entradas apartes.
Los ácaros dragón (Osperalycus tenerphagus) tienen menos de un milímetro de longitud y es posible que hayan convivido con los dinosaurios. Su boca es como si uno tuviera un recipiente, una olla, atado a su labio inferior. De acuerdo con el científico que los descubrió, Samuel Bolton, los individuos de esta especie no han tenido sexo en “tal vez decenas o tal vez cientos de millones de años… tienen genitales, pero parecen haber evolucionado como un linaje femenino. Sin apareamiento. Ponen huevos que no necesitan ser fertilizados”. Hasta ahora no se ha encontrado el primer especimen macho. Fueron descubiertos, porque Bolton, entomólogo de la Universidad de Ohio, se preguntó un día qué habría en un terreno al frente del laboratorio de la universidad.
A mí me tomó casi treinta años hacer algo equivalente a cruzar la calle para ver qué había en el terreno al frente de mi laboratorio. Para hacerlo se juntaron, al menos, cuatro elementos: un viaje a México; la corrección de estilo de un libro sobre mitos griegos relacionados con el amor; un afiche ecológico sikuani que me había regalado mi suegro y un libro de literatura oral de la misma comunidad. Ya no recuerdo el orden y, en realidad, no viene al caso.   
Desde la primera vez que estuve en México quedé impresionado por la presencia indígena, tanto en el pasado prehispánico como en la actualidad. A diferencia de nuestra cotidianidad, en México la presencia indígena se nota de manera constante en las palabras, en la cocina y en parte de su producción gráfica, entre otras. Uno puede sentirse orgulloso o avergonzado de esa presencia, lo que no puede es omitirla, no hay manera. Ese viaje hizo que empezara a preguntarme más sobre la manera de relacionarme y relacionarnos con nuestro lado indígena y a querer conocer más acerca de sus narraciones. No es que nunca hubiera sabido del otro lado de la calle, de hecho todavía tengo muy claras dos postales que me habían llegado con mensajes borrosos: Bochica y guambianos en el Cauca.
Hasta los 17 años, la única historia que había oído de cosmogonías indígenas era la historia del héroe fundacional de los chibchas, Bochica, que en algún momento creó el salto del Tequendama para que las aguas tuvieran por donde salir de la sabana. Aunque hablar de Bochica es asomarse a una cosmogonía, no supe de ella por mi clase de religión, sino de español. En mi colegio, la religión no era especialmente importante y se daba por descontado que se refería a la religión católica. Al budismo, al hinduismo y al islam se les asignaba un espacio para que los estudiantes, después de buscar información en enciclopedias, libros de la biblioteca del colegio y si acaso internet, hiciéramos carteleras y explicáramos, en cuarenta y cinco minutos o menos, en qué consistían. El zoroastrismo no tenía cabida. Las cosmogonías indígenas, como maneras de explicar de dónde venimos, qué hacemos acá y qué pasa cuando morimos, menos.   
Por otra parte, están los guambianos. Los asociaba con mis viajes que, como niño mestizo (blanco para los estándares locales) de Cali, hacía a Silvia, a los restaurantes turísticos, al hotel sobre el río o a la casa que había alquilado la familia de algún amigo. Los guambianos eran esos indígenas que vestían faldas azules y portaban sombreros distintivos y que uno veía parados o sentados por las calles de Silvia, nada más.
Solo supe algo de su cosmogonía en mi época de universidad, si no estoy mal, cuando leí en Las plantas de los dioses (Hofmann y Schultes, 2006) sobre la relación que tienen con el cacao sabanero (Brugmansia). No estaba buscando sobre ellos, eran mencionados en el libro, y no pasó de una grata sorpresa, de saber algo nuevo sobre seres que asociaba con viajes de mi infancia.    
Unos meses después de mi viaje a México, me pidieron hacer la corrección de estilo de un libro donde se recreaban mitos griegos relacionados con el amor. El libro era, palabras más, palabras menos, una repetición más de las maneras de relacionarnos en el imaginario católico, una serie de acciones que conducían a recompensas y castigos y dolores. Pensé, mientras lo leía, ¿otroooo más reafirmando lo que ya nos rodea? Con toda la emoción que me produce y, sobre todo, que me produjo la mitología griega, es una de las pocas mitologías a las que es posible que más nos hayamos asomado, bien sea por literatura, cine o arte. Mi sensación fue, ¿para qué otro libro sobre esto mismo?, ¿no hay acaso muchas más posibilidades?  
En los mismos días que empecé a corregir el libro sobre mitos griegos, empecé a leer Literatura oral sikuani (Ortíz, 1982), un libro que busqué porque mi suegro me había regalado un calendario ecológico sikuani (con “Vichada 2010” como subtítulo), hecho por la fundación Omacha, la Presidencia de la República, Acción Social y la Gobernación de Vichada, y quise saber más de este pueblo.
Ahí supe la historia de Furnáminali, el primer hombre, que quería casarse con Maxunaxunali, hija de Kwemeini, una serpiente que tenía forma de persona, y Tsikiriki, una mujer de apetito voraz del que se decía que comía por su vagina y no por su boca. En ninguna de las versiones que he leído es explícito que Maxunaxunali o Tsikiriki fueran también serpientes con forma de persona. Asumo que sí. Según plantea la narrativa sikuani –o, al menos, la narrativa de estos narradores sikuanis en 1982–, los miembros de la familia, como eran serpientes humanadas, no tenían culo –un dato importante para los sucesos posteriores. Aunque hay diferentes versiones de lo que sucedió a continuación, hice un compendio con diferentes retazos:
Para acercarse a Maxunaxunali, Furnáminali urdió la estrategia del morrocoi. Resulta que Kwemeini, el papá de Maxunaxunali, tenía una trampa donde cualquier animal que cayera quedaba atrapado. Furnáminali se convirtió en morrocoi, pasó por ahí y cayó en la trampa. Un día después apareció Kwemeini, lo metió en un catumare –un canasto– y se lo echó al hombro. El morrocoi cayó al suelo. Kwemeini se lo volvió a acomodar. El morrocoi se volvió a caer. Lo volvió a acomodar. Más adelante en el camino el morrocoi se volvió a caer. Kwemeini se aburrió y decidió dejarlo. Furnáminali le propuso: déjeme aquí y mande a su hija a que me recoja mañana. La hija fue al día siguiente y encontró a Furnáminali, ya convertido en hombre. Furnáminali le dijo que se iba con ella. Ella le dijo que no, porque su papá la revisaba “por todas partes”. Furnáminali se convirtió entonces en garrapata y se prendió “del sexo de la muchacha”. Cuando llegó a la casa, Maxunaxunali le dijo a su papá que en la trampa no había encontrado nada. Kwemeini se sorprendió, pero no preguntó más. Hija y papá y mamá comieron y luego se fueron a dormir en los chinchorros –Furnáminali era en ese momento una garrapata en el sexo de la hija. Los chinchorros de la familia estaban uno al lado del otro. Kwemeini se dio cuenta de que había también un hombre porque, en la mitad de la noche, oyó que alguien se tiraba un pedo. Se sorprendió, porque, como personas serpiente (y carentes de culo), nunca se peaban. Al día siguiente, el papá preguntó si había un hombre en la casa y la hija lo negó. Maxunaxunuli habló con Furnáminali, que dijo que quería presentarse con su suegro. La hija le dijo que no, porque su papá era muy bravo y podía matarlo. Furnáminali dijo entonces que esperaría, pero que luego sí se mostraría. Amaneció junto a Maxunaxunali y así nomás se arrejuntó con la muchacha.
Lo primero que pensé cuando leí esta historia fue que en todos estos años de conocimiento de religión católica, de idas a misa y rezadas de novena, de llenar ejercicios de cartilla de religión, de leer apartes de la Biblia y hacer concursos de rapidez para encontrar un versículo, nunca había sabido de algún pasaje donde se viera un pedo involucrado. ¡Y eso que una Biblia regular tiene más de mil páginas! A uno le puede parecer una nota de poca monta, pero tamaña ausencia, creo, puede darnos ciertas luces sobre una propuesta de relación con nuestro cuerpo. Y con lo que sale de él.    
Lo segundo en que pensé fue la transformación de Furnáminali en garrapata. Aunque había leído en otros mitos casos de teriantropía, la imagen en específico de transformarse en garrapata y prendérsele al sexo de la muchacha que le gusta a uno, esa sí no la había pensado o imaginado nunca. ¿Habría podido llegar a esa misma imagen sin haberla leído en este texto? No sé. Ante esta nueva historia, ante esta fuente de imágenes y acciones tan distintas del imaginario en el que me he desenvuelto la mayor parte de mi vida, el católico, el libro de mitos griegos con voz de admonición moral palideció aun más.
Empecé entonces a buscar más libros de narraciones de diferentes tribus. Los sueños de la selva es una serie resultante de estas lecturas. Aunque algunas veces un mito o un personaje de una narración es tan llamativo que lo dibujo tal cual lo imagino, no son transcripciones de mitos o personajes, o no es la única relación entre mis dibujos y las cosmogonías indígenas. Leer cosmogonías distintas a la católica me ha relacionado con seres reales o imaginados de los que nunca había oído hablar y cuyos hábitos o colores me hacen pensar en nuevas cosmogonías que los tienen como protagonistas. Es una obra en construcción que, supongo, aumentará conforme aumenten las lecturas. No hay señales de que vaya a terminarla pronto. Hasta ahora, casi cada libro ha resultado en una nueva búsqueda de animales y seres de los que no he oído antes. Para ver algunas de las piezas que hacen parte de esta serie, los invito a visitar mi página o mi cuenta de instagram.


Fuentes
Barrat, J. (2014). “New dragon-like mite found in Ohio is gentle, reclusive”. Recuperado de
Ortíz, F. (1982). Literatura oral sikuani. Tunja: Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.
Hofmann, A. y Schultes, R. (2006). Las plantas de los dioses. México: FDCE.

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