Ansiedad de creadores


Yo no sé si, en general, los creadores se mantienen con la ansiedad con la que me mantengo yo. Surge, en principio, por no estar creando, por no haber creado más, por no haberme posicionado más, por ver cómo las ideas, proyectos y papeles con listas de cosas por escribir, componer o dibujar se apilan alrededor. A esto se suman libros que, como deudas, están ahí, esperando, a veces por meses, a veces por años. Borges decía que tenía en su biblioteca libros que sabía que no iba a leer, pero que el solo hecho de saber que estaban ahí le daban una idea de compañía que agradecía constantemente. A veces, yo siento lo mismo. Otras, sin embargo, cuando miro alrededor, en las bibliotecas de la casa, mi mesa de noche, al lado de mi cama, en mi escritorio, en un sillón que tengo al frente del escritorio, en el suelo, no veo amigos que esperan, pacientemente, a que les saque tiempo. Veo deudas. Deudas que a veces sé que no voy a saldar, deudas que pago por goteo, abriendo páginas a la suerte, empezando varias veces la primera página, emocionado, diciendo una vez termine de leer los cinco libros que ando leyendo, empezaré este (“¿cómo es posible que pude tenerlo tanto tiempo olvidado?”). A veces, no contento con estas deudas, me voy a la biblioteca de la Javeriana (de donde me gradué) y saco libros (los últimos: Pan y Misterios, de Knut Hamsun, y Barrabás y otros relatos, de Par Lagerkvist).  
A estas deudas se suma, claro, la vida diaria. Ir a hablar con alguien, pagar una factura, quejarse con el banco, hacer llamadas, actualizar la página web y crear una nueva cuenta en instagram. Gastar ocho o más horas en trabajos a veces estimulantes, a veces tediosos, para pagar cuentas. Las putas cuentas.  
Por último, y no por ello menos importante, está la vida en familia. Que, por lo general, y dependiendo de cómo se asuma, se puede contraponer a los deseos de crear. Con frecuencia, los grandes creadores, los que asumimos como grandes creadores, son personas de las que uno no quisiera estar cerca. Ryunosuke Akutagawa, el escritor japonés preferido por Borges, hacía la contraposición entre vida y arte, y escogía el arte. Y, aunque es considerado el papá del relato corto, se suicidó a los 35 años. Si no estoy mal, de Eduardo Caballero Calderón, el autor de esa muy bonita novela llamada El Cristo de espaldas, Luis Caballero, uno de sus hijos, decía que el recuerdo de su papá en la infancia era la puerta cerrada del estudio al que no podían entrar.
A mí esa idea no me interesa. O ya no. Quizás hace veinte años, o quince, cuando era una rueda suelta que vivía en cualquier lado y estaba en entera función de crear, me encantaba eso. Ahora, la vida en familia me llena de muchas alegrías y me recuerda que la creación es solo una parte más, no es lo que soy. Vamos a ver qué pienso en veinte años –si estoy vivo.
No es que no haga nada. En este momento ando involucrado en un proceso de grabación de cinco canciones; tengo cuadros encargados que, poco a poco, he ido sacando; me levanto a veces a las cuatro de la mañana y, en lugar de remolear el insomnio, me siento a escribir. E igual, me da ansiedad.
Sé que, en el fondo de todo, está el miedo a la muerte, como está en una buena parte de las decisiones que tomamos. El miedo a morir y que no haya más y que nadie nos recuerde y que no podamos ver desde una nube –donde estaremos con nuestras alas y arpas– cómo los aún vivos ven nuestras obras y se emocionen con la vida que llevamos tal como yo me emociono con la vida que llevaron algunos, pensando de dónde sacaron tanto tiempo para hacer tantas cosas.
Por eso a veces agradezco tanto leer libros de budismo o budismo zen, que me recuerdan cosas tan sencillas y tan fáciles de olvidar: voy a morir en cualquier momento y lo único que existe es lo que tengo al frente –todavía no he interiorizado ni sé si me interesa interiorizar aquello de que todo es una ilusión y de que el nirvana es algo que no es comprensible para el ser humano.

--> Ayer, sin embargo, no fue un libro de budismo lo que me dio alguna idea de tranquilidad. Fue un libro llamado Show your Work!, de Austin Kleon, autor de otro que recomiendo llamado Steal like an Artist. Es poco el espacio para profundizar en cualquiera de ambos libros. Lo que plantean no es nada nuevo, nada que uno no haya oído antes. Ambos son muy amenos y plantean cosas muy muy sencillas. Como por ejemplo, la idea de compartir cosas pequeñas cada día. Esta es, pues, mi cosa pequeña de hoy. Si eres un creador o creadora y te mantienes con la ansiedad que me da a mí a veces y lees esta entrada de blog y dices, “valiente cosa”, no importa, quédate con la idea de coger alguno de estos dos libros. Ayuda a aterrizar la idea que tenemos sobre crear y nuestro papel como creadores. Por ahora, debo ir a ensayar –el rock no se va a hacer solo (je, je, je). Muy buen día para todos.

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