El pescado de plata



Cada vez que llega Artbo no puedo evitar pensar en mi amigo de colegio al que, gracias a su muy destacable destreza para romper cosas, de cuando en cuando llamábamos gorgojo. Los libros que uno le prestaba aparecían con las puntas doblabas o simplemente no volvían, las colas de sus lapiceros se mantenían mordidas y no era extraño verlo con la boca llena de tinta porque quién sabe qué se había puesto a hacer con sus dientes. Este año, sin embargo, me acordé del gorgojo desde principios de septiembre, desde que leí una entrevista que el Paris Review le hizo a Bob Neuwirth hace unos años. En esta, Neuwirth plantea: “if a kid draws a blue cow and some lunkheaded teacher comes along and says, What’s that? And the kid says, It’s a cow. And the teacher says, That can’t be a cow, Johnny, there are no blue cows. Then fuck—bang-clink-twist-snap!—there goes the kid’s mind for the rest of his life. Whereas, yes, there is such a thing as a blue cow—there it right fucking is, in front of your eyes! Who’s stupid here, the kid or the teacher?
     
Cosa que me lleva de nuevo a Artbo, al gorgojo y a su pescado de plata. En una estadía suya acá en Bogotá, hace ya tres años, fui por primera y última vez con él a la feria de arte. Aunque no era el primer plan al que se me habría ocurrido invitarlo –ni el segundo, ni el tercero ni el séptimo–, cuando llegó al apartamento yo ya tenía el plan armado desde hacía días. Para mí era claro que el gorgojo iría más por mí que por él. Aclaremos. El gorgojo es un negociante que ve signo de pesos en todo lado y siempre está viendo cómo puede hacer billete: desde lechonas hasta boletas para partidos de la eliminatoria. Hace unos años, por ejemplo, para una novena mi papá construyó un pesebre en una caja que tenía un bombillo en su interior, uno de los lados con papel mantequilla y una serie de siluetas que resaltaban gracias a la luz del bombillo. Mientras todos los invitados se maravillaban por la calidez que transmitía, el gorgojo solo preguntó: “¿A cuánto venderá tu papá uno de estos? Si hacemos varios imaginate el billete que nos hacemos”.    

El primer desencuentro con Artbo en ese entonces fue el precio de la boleta –$25.000. Solo lo supimos cuando estuvimos frente a la ventanilla. A mí me pareció cara, pero no lo suficiente para pensar que no iba a entrar. La cara del gorgojo, por su parte, se desencajó y casi cambió de color. Luego me contó que en ese momento estaba especialmente cogido de billete, pero dudo que hubiera tenido una reacción diferente si hubiera tenido más dinero consigo. Aunque pensó quedarse afuera para encontrarnos más tarde, insistí. Finalmente entró a regañadientes.

Empezamos a caminar por las galerías, cada uno a su paso, de tal manera que a la hora el gorgojo se había recorrido todo mientras yo llevaba quizás la mitad. Cuando nos volvimos a encontrar tenía cara de indignación. “Qué, ¿la boleta?”, pregunté. “No, no, no, he visto algunas cosas, pero también he visto otras que yo digo, ‘no me jodan’, ¿viste la hoja con la raya?” No la había visto. “Vení te muestro”. Me llevó a una galería donde, efectivamente, sobre una de las paredes de una puntilla colgaba una hoja de cuaderno. Si mal no recuerdo, tenía un doblez en la mitad que iba de arriba a abajo, con una línea de lápiz que lo resaltaba. No tenía título y costaba un millón de pesos. “Mirá esto, yo puede que no entiende nada de arte, pero decime la verdad… ¿Qué te parece esto?” Me reí. Pensé en las muchas noches en vela que debía haber invertido este artista, las muchas hojas –¡quizás un cuaderno entero!– que debía haber gastado, la destreza técnica, a todas luces incuestionable, las múltiples angustias que debía haber sufrido para llegar a esta lúcida idea. No quise pensar cómo había llegado a la conclusión de que era mucho más interesante dejarla sin título y, mejor aún, pedir un millón –el público es ingrato y nunca entiende.                   

“No, no, no, pa’ eso hubiera traído mi pescado plateado”, dijo el gorgojo con indignación contenida. “¿De qué pescado hablás?”, pregunté, “¿vos no te acordás del pescado plateado que llevé a la clase de arte?” No tenía ni idea de qué me hablaba. “Una vez en séptimo”, me recordó el gorgojo, “en clase de arte nos dieron un bloque de madera, junto con un cincel, un martillo, una lija, una lima y, asumo, un serrucho. Esculpiríamos el bloque todo el trimestre y, al final, como producto para ser evaluado, debíamos tener un animal de madera”.

El arte no era una materia a la que la mayoría de nosotros le prestara atención, pero como necesitábamos una buena nota para subir el promedio y así jalonar otras materias que estuvieran flojas, no podíamos darnos el lujo de que nos fuera mal. Ese trimestre no era la excepción. Recuerdo la dificultad de la tarea. Recuerdo la dureza del bloque y el fastidio que me producía el polvo cada vez que lo lijaba. No puedo imaginar la dificultad que debió representar para el gorgojo, que aun a los 13 años dibujaba personas conformadas por palitos y bolitas, seguramente acompañadas de manchones y babas.

El día de la entrega algunos mostraron un oso, otros un gato, otros un caballo. Yo ya no recuerdo qué hice. Un pescado cuadrado se diferenciaba porque, a diferencia de los demás, no tenía el color propio de la madera, sino un plateado mate. Esa era la entrega final del gorgojo: casi el mismo bloque que había recibido, con unas cuantas hendiduras. La profesora no disimuló su sorpresa. Los demás nos reímos tanto como pudimos. Resulta que el día anterior, al gorgojo se le había ocurrido que era una muy buena idea rociarlo con un spray plateado que encontró en la casa.

Fuera de la entrega del producto, uno mismo debía dar una nota sobre su trabajo y argumentar por qué. Entonces la profesora aceptaba o refutaba. Cuando pronunciaron el nombre del gorgojo, dijo que merecía 8 –de 1 a 10. La profesora dudó por un momento, pero finalmente dejó la nota. La cosa no habría pasado a mayores si desde ese momento varios, sin importar la nota que pidieran, justificaran su pedido con base en el 8 que había recibido el gorgojo. Si alguien decía que quería un 9, por ejemplo, y la profesora se negaba, ese alguien argumentaba, “pero profe, no me parece justo que al gorgojo le ponga 8 y a mí no me ponga nueve”. Y, claro, cada vez que alguien utilizaba el pescado plateado como justificación, el pobre gorgojo ponía cara de angustia, maldecía en silencio y movía las piernas con nerviosismo.   

Salimos de Artbo media hora después. El gorgojo, todavía con el rostro serio, indignado. "¡Y todos esos hijueputas jodiendo que porque merecían mejor nota!". Quizás si su acto, a todas luces revolucionario, se hubiera dado en Artbo, o en cualquier especio de arte conceptual, habría podido pedir hasta dos millones de pesos. Pero en un salón de artes de colegio eso no tenía cabida. El mundo del arte es injusto, eso no es cosa nueva.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El tardígrado y otros animales de poder

El Tapetico

Las mayúsculas y el poder