La plantica
La mañana de un
día cualquiera alguien tocó el timbre del apartamento. Era Josefo, el portero,
y su bigote. Josefo era de Manizales y su grueso bigote se movía a la par de
las palabras que salían de su boca. “Don Manuel”, me dijo el bigote con tono
apenado, “para comentarle, el señor Nicolás vio la plantita y se puso furioso, que
de quién era esa planta, preguntó todo grosero, que o la quitaba yo o la
arrancaba él …”. La situación me pareció tan extraña que sonreí. En realidad,
no me sorprendía en absoluto. Nicolás era un hombre cojo que andaba con bastón
y vivía con una señora – ¿su esposa?– en el apartamento 201. Tenía un historial
de desaciertos que lo habían convertido en el vecino al que pocos querían en el
edificio. Se quejaba de que cada vez que abrían la puerta del garaje en la
noche terminaba desvelado (su apartamento quedaba encima) y se había salido de
la junta del edificio porque, según decía, lo habían acusado de ser un “pirata
cibernético” –porque el hombre parecía ser el más pendiente de las cámaras del
edificio y, cada vez que podía, criticaba las faltas de los vecinos. Mi
relación con él se había limitado a un intercambio de saludos en el que yo
decía “buenas tardes” o el equivalente, dependiendo del momento del día, y él
respondía con una suerte de gruñido. Quizás tenía quebrantos de salud, quizás
odiara ser cojo, quizás no tenía motivo alguno para amargarse, el caso es que
el bueno de Nicolás parecía un hombre antes que nada conflictuado, con algo por
resolver.
Aunque yo había
sacado varias plantas a un espacio comunal del edificio donde varios vecinos habían
sacado las suyas, sabía que “la plantita” de la que hablaba el bigote de Josefo
y que había molestado a Nicolás era un retoño de mariguana que un buen día
había aparecido en una de mis materas y que yo había dejado que creciera a su
parecer. “Yo le dije que esa mata era suya, que no podía arrancarla”, siguió el
bigote, esta vez con tono indignado, “que tenía que hablar con usted”. Salí al
espacio comunal, un patio interior que colinda con el pasillo del segundo piso.
“Qué señor tan grosero”, insistió el bigote de Josefo, al parecer azuzado por
verme tan tranquilo.
El patio interior
es un espacio de 6 metros por 6 metros cubierto por baldosas amarillas. Desde
el tercer hasta el quinto piso hay pasillos con barandas desde los cuales se
puede verlo. El techo, tres pisos más arriba, es de tejas de plástico traslúcidas,
lo que permite que el lugar goce de luz del sol la mayor parte del día. Mis
plantas no eran las únicas que estaban en el patio; varios vecinos habían
sacado las propias, así que había un variopinto grupo de matas de diferentes
especies, en materas a su vez de diferentes materiales y tamaños, desplegadas
tanto en el suelo como en las paredes.
Si mal no
recuerdo unos días antes nos habíamos ido de viaje y, como sabía que Josefo
estaba pendiente de regar las plantas y cortarles las hojas secas, había sacado
las propias para que pudieran gozar de sol, aire y cuidados. Una vez volvimos
sentí que las plantas podían estar más contentas en ese espacio que en la sala
de mi apartamento, con menos horas de luz solar y con acceso limitado a brisa
–al menos más limitado que en el patio.
Miré la planta:
al igual que las demás, parecía gozar de buena salud. Entré la matera y no
volví a recordar el asunto hasta unos días después, cuando llegó una circular
que recordaba que el siguiente martes se iba a dar la reunión comunal de
asistencia obligatoria. Nicolás seguro sacaría a la luz el asunto de la
plantica. Tendría que prepararme. Lo mejor era averiguar qué decía la ley. Supe
entonces que uno puede cultivar hasta veinte plantas y tener consigo hasta un
kilo de semillas de mariguana. Ante estos datos, mi historial criminal
palidecía, poseer una sola planta no me hacía ni siquiera un criminal de poca
monta: estaba veinte plantas y un kilo de semillas lejos de serlo. Aun así,
anoté en un papelito el decreto por si la cosa se ponía fea y debía remitirme a
él.
Llegué un poco
nervioso a la reunión. Me senté en una de las sillas ubicadas en el centro del
lobby (en el edificio no hay salón comunal). Esta era mi segunda reunión. En la
primera doña Lucrecia propuso que se instalara un citófono en los ascensores
por si uno se quedaba encerrado, don Liberio comentó la necesidad de elegir
nuevos integrantes de la junta, otros se quejaron de que algunos no dejaban el
carrito del mercado comunal donde debía ir (en el garaje) y otros más, de cómo
algunos eran descuidados a la hora de recibir los domicilios y no lo hacían por
medio de la ventanita dispuesta para ello, sino que abrían la puerta de par en
par, sin duda una grave violación a las medidas de seguridad del edificio.
Los vecinos
fueron llegando poco a poco: doña Lucrecia, don Liberio, doña Irma, una mujer
joven que llevaba poco tiempo en el edificio, un mozuelo y la mamá, la
administradora… Y Nicolás por ninguna parte. Cuando empezó la reunión el hombre
no había llegado. A los pocos minutos empezaron a llamar lista de asistencia y
doña Lucrecia dijo que actuaría en representación de Nicolás, que se
disculpaba, pero que había tenido que salir de la ciudad.
La reunión
comenzó con una nueva petición por doña Lucrecia de poner un sistema nuevo por
si uno se quedaba encerrado en el ascensor, algo quizás de mucha importancia en
estos bloques nuevos de cien apartamentos que uno ve por ahí, pero a todas
luces fuera de lugar en un edificio de apenas diez unidades. Luego hubo quejas
sobre el uso de la puerta de la portería, la lentitud de la puerta del garaje y
una petición para cortar una rama del floramarillo que crece frente al edificio
–con la cual, afortunadamente, nadie estuvo de acuerdo.
Finalmente, doña Lucrecia
levantó la mano y, con tono de infidencia, dijo que quería traer a colación
algo que Nicolás le había comentado, y era el asunto de una planta, de la que
ella no sabía quién era el dueño, pero que era una planta de mariguana. Y al
decir “mariguana” casi susurró la palabra mientras abría los ojos, como cuando
se cuenta un chisme oscuro, algo que no queremos que se oiga ni siquiera en la
habitación de al lado.
Levanté la mano
para indicar que la planta era mía. Un vecino de los nuevos dijo entre sonrisas
que “eso es hasta medicinal” y yo iba a empezar a hablar cuando doña Lucrecia
dijo que no tenía que ver con la planta en sí, sino con el hecho de que ese
patio interior estaba muy descuidado, lleno de plantas sin ningún tipo de orden.
Entonces varios metieron la cucharada y propusieron una cosa y la otra hasta
llegar a la brillante idea de que cada uno recogiera sus plantas y las
volvieran a meter a sus apartamentos. La mayoría estuvo de acuerdo. Yo no, y
aunque planteé que no me parecía la solución adecuada, la mayoría estaba
contenta. Se acordó que la administradora iría a comprar un par de materas
iguales para poner un solo tipo de plantas. La reunión acabó sin mayores
sobresaltos.
Unos días después
empezaron a desaparecer las plantas del patio interior, incluyendo las mías. Al
bueno de Nicolás, dueño de las materas más grandes y de varias de las que
colgaban de las paredes, le tocó contratar una camioneta para llevar las suyas
a su finca. Verdad que hay gente a la que le gusta escupir hacia arriba.
A los pocos meses vendió su
apartamento y se fue del edificio. Su legado es un patio con tres materas de
motivos vagamente precolombinos –rayas y círculos amarillos sobre un fondo vino
tinto– que contienen dos plantas verdes iguales escoltando de un arbusto rojo. Asumo
que la mayoría se regodea con esta idea de lo que debería ser un patio, un
espacio controlado y uniforme. Un poco insulso, he de añadir.

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