Domesticación de seres imberbes
En mi casa, hasta
hace unos meses, la llegada del día era anunciada por un gato. Como habíamos decidido
que no dormiría en nuestra alcoba, a las cinco y cuarto de la mañana empezaba a
chillar para que le abriéramos. No era un solo chillido ni duraba poco. Era una
oleada de chillidos varios que ensayaba a lo largo de cuarenta y cinco minutos:
el lastimero, el angustiado, el resentido, el desencantado, el gruñón. Hasta
que alguno de los dos, por lo general mi esposa, se levantaba y le abría.
El gato entraba
emocionado a nuestra alcoba, chillaba y pedía pechiche. Mi esposa lo cargaba y
el gato empezaba a ronronear. Luego se bajaba e iba hasta donde yo, todavía estirado,
todavía odiando el día por haber llegado antes de sentirme descansado, lo recibía
a regañadientes. Me duraba poco la molestia, porque el gato frotaba su trompa contra
mi barbilla y me obligaba a querer a alguien antes de que estuviera dispuesto a
ello. El cariño no duraba mucho; a los pocos minutos empezaba a morderme alguna
mano. Le encantaba el pellejo estirado entre el pulgar y el dedo índice, seguro
era lo que encontraba más parecido a un cartílago de pollo. Sus dientes habían
dejado marcas en ambos pellejos, así que, si juntaba las manos, parecían un
reflejo que repetía todo, incluso el lugar de una cicatriz. Luego, después de
morderme unos minutos y de que yo finalmente lo ahuyentara –no sin antes
abrazarlo o meter mi mano bajo las cobijas para jugarle–, se acurrucaba sobre
un tapete que tenemos al lado de la cama o al lado de una mesa de noche que teníamos
arrumada en una de las paredes.
Habíamos
intentado hacernos los locos y no abrir, aunque no durmiéramos más, pues ya a
esa hora las preocupaciones del trabajo empezaban a anunciarse. Mi esposa decía
que el gato lo hacía porque sabía que le funcionaba. Y bien podía tener razón;
así lo habíamos conocido, un sábado a las cinco de la mañana, en una época en
la que podía pasar diez o doce horas corrigiendo un texto de normas
internacionales de información financiera en el que llevaba trabajando
meses.
El 8 de agosto de
2015, como tantos otros días antes, sonó el despertador, dejé a mi esposa
durmiendo y fui hasta el estudio, donde prendí la luz blanca de la lámpara del
escritorio, me senté frente al computador y odié mi vida tanto como había
odiado otras vidas que había llevado antes. Cuando por fin empecé a leer el
documento oí el maullido de un gato. Por su manera de maullar, supuse que debía
estar atrapado en algún lugar del que no podía salir. Quizás se había quedado
encerrado en el parqueadero del edificio. Me calcé unos crocs y salí a la calle.
Salté la verja del jardín y empecé a mirar entre las matas. Nada se movía. Salí
del antejardín, revisé los tres árboles que están al frente del estudio –vivo
en un segundo piso– y finalmente bajé al parqueadero, un sótano cuyas ventanas
dan contra el antejardín. El maullido había desaparecido.
Subí al
apartamento y estuve trabajando en el estudio hasta las once, mientras mi
esposa se levantó, hizo café y se echó a ver televisión. Entonces volví a oír
el maullido. Bajé de nuevo a la calle y revisé las matas del antejardín. Un
gato de unos pocos meses se asomó. Se veía tan asustado que supuse que sería
fácil cogerlo. Estiré mis brazos y el gato no solo no se dejó tocar, sino que
me escupió y salió corriendo hacia uno de los costados del antejardín. Intenté
calmarlo, “Ven para acá, tranquilo…”, dije con voz melosa. El gato corrió aún
más lejos de donde estaba. Debía estar asustado y con hambre y frío. Decidido a
cazarlo, salí corriendo detrás del gato. El gato saltó el murito donde está la
verja que separa el antejardín de la calle y llegó hasta la portería del
edifico contiguo. Salté la verja y vi cómo el gato buscaba algún pliegue, algún
hueco por el cual escabullirse. Lo atrapé con las manos y el gato empezó a
morderme con la indignación propia de un lince y a maullar con verdadera
fiereza. El gato olía a calle. Traté de llevarlo en mi regazo, pero cuando
llegué a la puerta del apartamento ya estaba en mi espalda, prendido con apenas
sus uñas. Mi idea era darle de comer y un lugar caliente. Luego lo vacunaríamos
y pondríamos en facebook su foto para que alguien lo adoptara. Mi esposa tiene
otra versión: desde que me vio entrar por la puerta con el gato, dice, supo que
se quedaría con nosotros.
Apenas pudo salió
corriendo a esconderse detrás de la nevera. Su nombre llegó sin mucha
discusión: al ver la fiereza del gato, y como mi esposa llevaba una camiseta de
Gandhi, lo bautizamos con el nombre del pacifista indio. Desde ese entonces ha
tenido varios sobrenombres: Pepino, Arigato,
Mr. Lee, gatito Mr. Lee, Genaro, pulgoso, cojín, el cojín que muerde, nini,
gandhilini, gandhinini, Firulais, gato, pelusa, Orogugu y algunos más que no
recuerdo.
Llamamos a una
amiga que tenía una gata desde hacía unos meses para preguntarle por una buena
veterinaria. Nos dio el dato de una a la que ella visitaba. Resultó mejor de lo
que esperábamos, al menos para el gato: nos convenció de que los gatos escogen
a sus dueños y de que el hecho de recogerlo nos hacía responsables de él.
Las dos primeras
noches y parte de los días no hizo más que chillar desde detrás del inodoro del
baño de las visitas. Le pusimos música de relajación para gatos e incluso puse
mi computador sobre la taza del inodoro para hablarle cada vez que chillara,
cosa que no dejó de hacer. Luego empezó a explorar la casa tal como seguro
había aprendido en la calle: a lo largo del guardaescobas. Y poco a poco empezó
a adueñarse de la casa.
La última batalla fue por su estadía por las noches en nuestro cuarto. Mi esposa decía, entre otras cosas, que le daba cierto fastidio compartir la cama con el animal. Para ambos era una cuestión de domesticación: el gato tendría que acostumbrarse a seguir la regla de la puerta cerrada. Ninguna bola de pelos iba a venir a imponer sus reglas, eso era claro. De solo pensarlo nos indignábamos. ¿Qué tal? ¡Como no podía dormir con nosotros entonces nos quitaba el sueño! Nuestra firmeza, valga decirlo, duró un par de semanas. Cansados de su cantaleta matutina, y a regañadientes, decidimos dejar la puerta abierta para que el animal entrara y saliera a su antojo. Ahora no muestra mayor interés en dormir en nuestra cama –aunque a veces lo hace–, lo cual en realidad no es tan importante. Al menos dos de los tres animales que viven en mi casa hemos podido recuperar el sueño, al menos hasta las seis de la mañana.
La última batalla fue por su estadía por las noches en nuestro cuarto. Mi esposa decía, entre otras cosas, que le daba cierto fastidio compartir la cama con el animal. Para ambos era una cuestión de domesticación: el gato tendría que acostumbrarse a seguir la regla de la puerta cerrada. Ninguna bola de pelos iba a venir a imponer sus reglas, eso era claro. De solo pensarlo nos indignábamos. ¿Qué tal? ¡Como no podía dormir con nosotros entonces nos quitaba el sueño! Nuestra firmeza, valga decirlo, duró un par de semanas. Cansados de su cantaleta matutina, y a regañadientes, decidimos dejar la puerta abierta para que el animal entrara y saliera a su antojo. Ahora no muestra mayor interés en dormir en nuestra cama –aunque a veces lo hace–, lo cual en realidad no es tan importante. Al menos dos de los tres animales que viven en mi casa hemos podido recuperar el sueño, al menos hasta las seis de la mañana.

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