Domesticación de seres imberbes
En mi casa, hasta hace unos meses, la llegada del día era anunciada por un gato. Como habíamos decidido que no dormiría en nuestra alcoba, a las cinco y cuarto de la mañana empezaba a chillar para que le abriéramos. No era un solo chillido ni duraba poco. Era una oleada de chillidos varios que ensayaba a lo largo de cuarenta y cinco minutos: el lastimero, el angustiado, el resentido, el desencantado, el gruñón. Hasta que alguno de los dos, por lo general mi esposa, se levantaba y le abría. El gato entraba emocionado a nuestra alcoba, chillaba y pedía pechiche. Mi esposa lo cargaba y el gato empezaba a ronronear. Luego se bajaba e iba hasta donde yo, todavía estirado, todavía odiando el día por haber llegado antes de sentirme descansado, lo recibía a regañadientes. Me duraba poco la molestia, porque el gato frotaba su trompa contra mi barbilla y me obligaba a querer a alguien antes de que estuviera dispuesto a ello. El cariño no duraba mucho; a los pocos minutos empezaba a mord...