Alejo Durán y el 29 de abril de 1968




Ya no recuerdo cómo (o por quién) he terminado oyendo a Alejo Durán desde hace unos años –mi familia no ha sido nunca muy afecta al vallenato. Al igual que muchos de mi generación, el (poco) conocimiento de las canciones de Durán, así como de las de Rafael Escalona, estuvo mediado en algún momento por el fenómeno de Carlos Vives.
La idea en mi niñez sobre el vallenato, si mal no recuerdo, se limitaba a esa música destemplada que uno oía en el transporte urbano y cuyos exponentes eran el Binomio de oro y los Hermanos Zuleta. Luego, como decía arriba, vino el fenómeno Carlos Vives, que si bien llevó el vallenato a nuevas esferas y sembró las primeras semillas para la llegada del tropipop, para los más ortodoxos estaba bastante alejado del vallenato tradicional, por la producción misma y por la inclusión de instrumentos como la guitarra eléctrica.
Por cuenta de mi servicio militar (a la mayoría de los cabos le encantaba) y, después, de mi época universitaria, mi idea del vallenato sería el “ranchenato”, esa suerte de mezcla entre vallenato y ranchera o música popular de cantina paisa: música para llorar un despecho. Música arrastrada en la que se plantea que uno no es nada sin el otro, que se va a morir si ella/él no vuelve. Así como me gustaron varias canciones de Carlos Vives en su momento, de igual manera disfruté tardes de viernes en barcitos de medio pelo del parque de la 43, mientras tomaba cerveza y sufría por el despecho de turno mientras oíamos a La Decisión Vallenata, Los Diablitos e incluso una de las tantas reencarnaciones del Binomio de Oro.
A Alejo Durán no le gustaba la ola de estos ranchenatos. En una entrevista con Salcedo Ramos, planteó: “Lo que yo vengo diciendo es que los intérpretes de hoy son muy llorones. Y al amor no se le llora: al amor se le canta. Ahora lo que hay son una mazamorras de palabras raras que no emocionan a los cantantes y menos al público. Son cantos que más demoran en hacerse que en desaparecer porque no tienen historias sino lágrimas. Tampoco tienen emoción. Y un músico sin emoción no es músico. ¿Usted no los ha visto componiendo por encargo, como quien manda a un hijo a comprar una libra de carne?”
No es difícil imaginar por qué a Alejo Durán no le gustara esa tendencia llorona del vallenato de aquella época. Varias cosas lo distancian. Entre esas, su origen campesino; los temas de las canciones; su voz, ronca, tosca si se quiere; su manera de grabar (que, al menos en la década de 1950, era con un micrófono y de a un músico a la vez). Quizás valga mencionar también que aprendió a tocar el acordeón a los 24 años y que, como él mismo planteaba, no era un acordeonero rápido, sino con estilo.    
Este año, como parte de las actividades del festival vallenato de Valledupar, Carlos Vives hizo parte de un concierto que llevaba por nombre “Tropipop is back”, junto con Gusi, Mauricio Palo de Agua, Alejandro González, Sebastián Yepes, Samper, Salo y Tejeiro. Si Alejo Durán pensaba lo que pensaba del vallenato llorón, ¿qué habría dicho del tropipop?  
¿Y qué habría pensado de este concierto? El pobre debe estar revolcándose en la tumba. Y más aun en estos días, teniendo en cuenta que el 29 de abril de 1968, en el primer festival vallenato, Alejo Durán, en ese entonces con 49 años, se consagró como el primer rey. Valga la fecha para oírlo.

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